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1. La política de izquierda, y de la llamada izquierda revolucionaria, no ha conseguido salvar su propia crisis; crisis que por rigor histórico debemos situar en los años veinte y treinta del siglo XX. Enfrentada a la triple alternativa de la colaboración de la reactivación capitalista por la vía de su participación en el Estado intervencionista keynesiano (socialdemocracia), la destrucción desde dentro de la propia revolución por medio de las dictaduras estalinistas (URSS) o la impotencia de la marginalidad (izquierda comunista y anarquistas), la izquierda como potencia viva y alternativa de otro mundo posible fue derrotada en aquellas décadas. El repunte revolucionario de los años sesenta y setenta del pasado siglo apenas fue el desplazamiento de las misma alternativas, que planteadas en el primer tercio del siglo en Europa, se volvieron a proponer tanto en los países del Tercer Mundo, como en los países de capitalismo avanzado. La única novedad, en el occidente capitalista, fueron los nuevos movimientos (ecologismo, feminismo), que crearon una política alternativa que solo nominalmente se podía considerar de “izquierdas”.

La crisis de la izquierda, en tanto proyecto alternativo al capital y al Estado (1), no tiene ya lugar. Ninguna nueva insistencia en su renovación o reinvención; ninguna nueva izquierda. Su final ha venido determinado por una doble incapacidad histórica. De una parte, un problema de ritmo: la izquierda perdió pronto el paso a la hora de seguir y ampliar las dinámicas de autoorganización popular, primero en el movimiento obrero y luego en los movimientos sociales. Ensimismada en su papel de mediación política, acabo pronto en el divorcio con la parte más activa de estos movimientos. De otra, en esta separación perdió también toda capacidad de convertir la creatividad y la protoinstitucionalidad de estos movimientos en alternativa institucional. Sin soviets, ni consejos (a veces siendo partícipe de su propia destrucción), la izquierda, en su mayor parte, entregó todas sus energías al único lugar en el que todavía podía tener algo de validez su función de mediación (y pacificación) de unas fuerzas vivas que ya no podía representar, el Estado. Paradójicamente, la misma izquierda que en su declinación socialista se volvió unánime y visceralmente antiestatista en la última mitad del siglo XIX, se convirtió en su crisis, en la principal valedora del Estado. Se convirtió así en la izquierda del Estado, en la izquierda de los aparatos de mediación institucional de las sociedades capitalistas; izquierda, por tanto, del capital. Su potencial de reforma, pasada la primera resaca de la guerra y la revolución, quedó pronto agotado.

La izquierda oficial del siglo XX, socialdemocrata o estalinista, desplazó de forma abierta el sujeto transformador del proletariado al Estado o al Partido-Estado. Desplazó la “toma del poder del Estado” a simplemente la “toma del Estado”. Ya no se trataba de alimentar la auto-organización desde abajo para “romper” con el Estado. Ya no se trataba de crear una nueva institucionalidad capaz de convertirse en un nuevo tipo de Estado y de refundar el poder. Para la izquierda se trataba sencillamente de tomar el Estado, convertido motor único de la política. A lo sumo, el proletariado, su auto-actividad, su dinámica, eran la “gasolina” del “Motor-Estado”. Su movilización, una suerte de mal necesario para cambiar la relación de fuerzas, un “ejercito” al que disciplinar para maniobrar en el asalto a la “auténtica” palanca transformadora. Esto no es una afirmación doctrinaria, se puede rastrear de forma constante en la dialéctica revolución-contrarrevolución típica del siglo XX: de la burocratización de los soviets rusos a la conversión de los consejos obreros alemanes en apéndices de los sindicatos y del Estado durante la insurrección de 1919, a la desesperación de los partidos comunistas por reducir las formas de contrapoder subversivo a meras enunciaciones integradas en las constituciones liberales (Italia 1945, Francia 1968).

2. Ninguna instancia refleja mejor las contradicciones de la sociedad capitalista que la crisis del Estado. En tanto institución (conjunto institucional) que ha servido de pivote de toda la política moderna, el Estado es cada vez más un fantasma de aquello que alguna vez fue y pretendió ser: ente autónomo, soberano y potente. Su conversión en Estado-empresa bajo el dictado de la competitividad en el mercado global— es síntoma de una enfermedad terminal manifiesta en el colapso de sus viejas funciones reguladoras. Un Estado, un territorio y una población, o en términos de la regulación: un conjunto nacional integrado con una política industrial, unos mercados regulados (de capitales y fuerza de trabajo) y un sistema de protección social. La contradicción principal se produce en el contraste entre su condición de instancia reguladora de la acumulación —incluidas las fricciones sociales a escala “nacional” y las determinaciones de un mercado global dominado por el capital en dinero, esto es, unas finanzas sin patria ni compromiso social.

Herido en su soberanía, obligado a compartirla con empresas multinacionales, órganos supranacionales, ciudades-mercado centros de la economía global, el Estado es una más entre las muchas entidades de la nueva poliarquía global. En la constelación de los nuevas entidades semisoberanas, al Estado le queda sin embargo una competencia de la que es cada vez menos capaz de dar cuenta: convertir la violencia en fuerza legítima. Con recursos fiscales menguantes, obligado a emplearse en la inversión competitiva, sometido a la cadena de valor global, el Estado va perdiendo paulatinamente las capacidades de integración social que antaño le caracterizaron.

Toda política que aspire a serlo tendrá que ser capaz de enfrentar esta crisis del Estado, y al mismo tiempo de este descentramiento de la política más allá del Estado.

3. La crisis del Estado sería solo crisis política o crisis de Estado, si esta no estuviera encabalgada con una crisis de acumulación a largo plazo. Desde los años setenta, las principales economías del mundo muestran una desacelaración paulatina y continuada. El desplazamiento de buena parte de la producción a los países del sur y este de Asia (la globalización de la cadena productiva) ha supuesto un aplazamiento temporal de la crisis, con una reducción de costes que sin embargo ya no va a encontrar término en nuevas soluciones espaciales en una nueva oleada de deslocalizaciones a escala planetaria. En otra dirección, los nuevos productos y los nuevos mercados asociados a la última revolución tecnológica —informática, new media, biotecnologías, etc— han mostrado niveles de rentabilidad, y de generación de rentas y empleo, también en tasas decrecientes. La anómala persistencia de la fase de financiarización que se abrió en la década de 1970 es la consecuencia de esta incapacidad de obtener una rentabilidad adecuada por la vía tradicional de la producción de bienes y servicios.

La globalización financiera es pues causa y consecuencia, proceso retroalimentado de una crisis de la acumulación, para la que no se encuentra ni final, ni solución. La crisis de acumulación redunda en la crisis del Estado. Al tiempo que limita cada vez más los recursos del Estado, produce una erosión social y nuevas rondas de proletarización. Si por un lado no se es capaz de generar una dinámica de acumulación a medio plazo, por otro se minan los instrumentos (instituciones de Estado) capaces, hasta ayer, de compensar la devastación social implícita en un proceso de acumulación desatado de todo control.

4. Decir contrapoder es decir autodeterminación: formación de sujetos sociales y políticos, autoorganización de segmentos de vida con formas políticas propias. El contrapoder es la forma inmediata de un poder social organizado, es por definición política que no admite mediación (representación, partido, etc.). En la tradición del sindicalismo revolucionario, el contrapoder es afirmación pura.

El contrapoder es política positiva, política de afirmación de los poderes sociales hoy capitulados y encerrados en las distintas formas de mediación de Estado (representación, partidos, derechos). Como tal, el contrapoder no es una contraparte del Estado, contrapeso en el Estado, un simple mecanismo de “control desde abajo”, sino autodeterminación positiva, no-Estado, y en tanto constitución de sujetos autónomos, anti-Estado. Ninguna de las fórmulas de la división de poderes dentro del Estado refleja, ni siquiera aproximadamente, la afirmación sencilla y simple del contrapoder, su propia autodeterminación.

Una aclaración: existe una tensión casi irresoluble entre “contrapoder” y “doble poder”. Conviene no confundir ambos conceptos y tratar de analizarlos como dos momentos diferentes con tareas diferentes. Si bien el contrapoder es irreductible como tal a la forma-Estado, existen otras formas institucionales que no sólo tensionan, no sólo escapan, sino que chocan frontalmente con el Estado y plantean el problema de su sustitución, en momentos de agudización extrema del conflicto entre bloques antagonistas. Estas formas de “doble poder” siempre plantean un reto estratégico de difícil solución, una experiencia nueva. Por una parte, afrontan su “institucionalización”, desalojando y derrotando al viejo poder para convertirse en un nuevo tipo de Estado que deje de serlo, que sea más “comunidad” que “Estado”. Por otra parte, el proceso de mutación de “doble poder” a “nuevo poder” siempre lleva implícito su propia “degeneración”, esto es, en el proceso de transformación del “doble poder” a “nuevo poder”, la vieja forma-Estado se reproduce anulando la auto-actividad que generó el “doble poder”. Este proceso es lo que habitualmente se ha llamado “contra-revolución”.

5. El contrapoder es una estrategia, estrategia adecuada a la fragmentación de la política del Estado y de la crisis capitalista. Antes que una renuncia a abordar el problema del poder, el contrapoder se comprende a partir de la crisis de la forma moderna del poder: el Estado. Y también de la crítica de esta forma, en tanto anulación de toda política no estatal y de toda autonomía al propio Estado.

El contrapoder como autodeterminación social es construcción de un poder propio, que va más allá del Estado. Su fuerza está en su propia consistencia. Y ésta reside en su condición: expresión sin delegación del poder de comunidades sociales concretas. En tanto poder concreto de comunidades concretas, el contrapoder es la única forma real, y sobre todo eficaz, en la doble crisis del Estado y la acumulación. Afirmar el contrapoder es por tanto afirmar una política sin atajos: no hay solución a la crisis en ninguna forma de delegación: ni en la soberanía del Estado, ni en el partido salvador.

6. El contrapoder no constituye una figura inactual o anacrónica. Es la propia forma de la política en la fragmentación del Estado como instancia soberana. En su forma más banal, constituye la misma estrategia de los poderes neoliberales extraestatales (grandes empresas, tribunales privados, centros off-shore, lobbies, etc.). La nueva poliarquía global es tanto el resultado de la deep crisis de la acumulación como de la acción de estos poderes que minan, desbordan y determinan la acción de los Estados.

Seguir afirmando, como hace la mayor parte de la izquierda y también de la derecha antisistema, el Estado contra el mercado, o si se prefiere el Estado contra la oligarquía, es seguir afirmando la forma de una política impotente. Una política que despotencia las construcciones sociales autónomas; una política que integra la potencia social en la mediación y delegación de Estado. Pero sobre todo, una política inane en tanto se enfrenta a poderes cuya fuerza está más allá de la fuerza del Estado. En el mejor de los casos, es entretenimiento y desviación de fuerzas en la ocupación de nuevos aparatos de Estado, igualmente impotentes. En el peor, es entregar toda arma y toda fuerza a la única instancia de regulación que le va a quedar al Estado: la afirmación brutal del monopolio de la violencia.

7. La apuesta por el contrapoder supone la puesta en crisis de las principales categorías de la política estatal moderna. Toda la historia de la política moderna gira en torno a la idea del Estado como única fuente del poder soberano. La política como mistificación oficial, reducida a la política dentro del Estado, marco objetivo, inmutable, estático, lejos de ser el producto histórico de las necesidades de un determinado sistema económico, de sus desarrollos reales, es un producto de las luchas. Una reducción de la estratégica a acumular fuerza fuera del Estado para traducir esa fuerza dentro.

Sin embargo, la estrategia del contrapoder tiene una doble cara que no podemos dejar de enunciar. No elimina la cuestión del poder de Estado, de atacar el punto en donde en un determinado momento se concentra la relación estatal. Tampoco obvia que dentro de la relación estatal existen contradicciones a explorar, quiebras internas que pueden condensar relaciones de fuerzas entre las clases. Por lo tanto, asume que la disputa del Estado, dentro y contra, también es necesaria. Pero va más allá, no reduce la política al Estado, ni siquiera cuando el Estado ha sido presuntamente tomado. Sin contrapoder, el Estado no es “tomado”: toma.

8. El contrapoder es afirmación práctica, afirmación militante y afirmación comunitaria. En tanto crisis de las categorías políticas, no es la afirmación de una teoría, cuanto la de una política de nuevo tipo; política práctica y que solo en la práctica encuentra su verdad.

En última instancia, el contrapoder es una estrategia de reconstrucción de lo social en la descomposición del Estado y de su pueblo (la clase media). Es por tanto la forma de la revolución, cuando la revolución (momento de inversión histórica) ha perdido la fuerza de los viejos mitos.

9. El contrapoder es siempre plural, irreductible, multiforme. Aparecen y desaparecen contrapoderes, las formas mutan y los sujetos que se constituyen en contrapoder (porque un contrapoder es la liquidación de la dicotomía entre sujeto y estructura que tanto ha fascinado a la izquierda) se desplazan de forma constante en función del conflicto, las fuerzas, la integración, la descomposición y recomposición permanente que provoca la lucha.

Pero no se trata de ignorar el Estado sin más, de fugarse hacia ninguna parte. El Estado, a pesar de su debilitamiento estructural y de la crisis de la soberanía nacional, sigue siendo “integral”. La distinción en Occidente entre Estado y Sociedad Civil es simplemente conceptual. Vivimos en sociedades fuertemente “estatizadas”: representación (2), legitimidad, reproducción social. Por eso, la crisis del capitalismo es la crisis del Estado y viceversa. Las apuestas por reconstruir el Estado como “garante” de la soberanía o de la reconstrucción de un pacto social de nuevo cuño no sólo están abocadas al fracaso por razones estructurales, sino que tratan de recomponer el “contrato social” partiendo de los efectos de las crisis, abocando a un futuro en donde la crisis sea la nueva normalidad.

10. La izquierda oficial tendió a ver la “toma del Estado” como el fin del conflicto. Empezaba otra historia: la “emulación” interna para alcanzar en el tiempo más breve posible el punto más alto del desarrollo capitalista. El sueño de una sociedad sin conflictos internos, armónica, sin tensiones, sin contrapoder. Las contradicciones o conflictos dentro los procesos vivos eran vistas como una amenaza hacia el proceso mismo. Lo fundamental era mantener al Estado intacto como unidad: política sin sociedad, política como fin de la historia.

¿Y cómo pensar la estrategia del contrapoder? Los contrapoderes nunca desaparecen. Siempre existen. El sindicalismo y sus múltiples formas de expresión comunitaria, los diferentes tipos de organización de clase dentro de las fábricas, pero también las experiencias de organización cultural, los centros sociales, las asociaciones de vecinos, incluso determinadas comunidades de religión… resulta imposible contabilizar todas las formas y las millones de personas que han “practicado” el contrapoder a lo largo de la historia, no sólo resistiendo, sino prefigurando algo distinto.

Puesto que los contrapoderes adoptan formas relacionadas con la composición del capital (no está mal recordar que los obreros también forman parte del capital) y con la dinámica de lucha real, la estrategia del contrapoder no pasa por su “invención” sino por detectar las potencias socialmente vivas, las practicas antagonistas muchas veces subterraneas o todavía débiles.

Emmanuel Rodríguez (@emmanuelrog) y Brais Fernández (@BraisRomanino)
Publicado en Viento Sur Nº152

(1) Aclaración cuando hablamos de Estado nos referimos al Estado capitalista, o si se prefiere al Estado moderno, no al Estado como un concepto metafísico o transhistórico, a un simple concepto filosófico, sino a una serie de estructuras y relaciones que cumplen un rol específico dentro de un sistema mas amplio.

(2) La crítica de la representación es una crítica a la disociación entre vida social y sociedad política. La representación como “método” es algo propio de todas las instituciones que han surgido desde abajo; un mecanismo necesario para combinar conflicto con autogestión de lo cotidiano. Los soviets y todas las formas de “doble poder” que surgen durante del siglo XX se armaron sobre mecanismos de delegación y representación, que a diferencia de los liberales, fomentaban el desarrollo de un poder constituyente de clase, frente al mecanismo de anulación que supone la representación liberal.

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