Las pasadas Navidades, todos los concejales de Ahora Madrid, sin excepción —para algo tenía que querer la equidad— recibimos una amable felicitación de parte de Esperanza Aguirre. Nada raro, si esta no hubiese venido acompañada por un bonito libro, si bien algo retro para estos tiempos: Ludwig Von Mises, El Socialismo. Análisis económico y sociológico. 600 páginas y un nudo en el gaznate, y no por los atracones navideños. Conociendo el ahínco y la audacia con el que la señora Aguirre defiende sus posiciones, no es de extrañar que se atreviera con semejante ladrillo.

El Socialismo —mejor se hubiera llamado Contra todo lo que huela a socialismo— fue publicado en 1922 como un alegato frente a los proyectos socialistas de la Europa de principios del siglo XX. En la mente de Von Mises estaban tanto la Revolución Soviética de 1917 como la socialdemocracia centroeuropea. Quizás nunca se imaginó que su doctrina fuera a alimentar los argumentarios de varias generaciones de liberales, neoliberales y anarcocapitalistas del siglo XX. Y parece que también del XXI.

Suponemos que, con este regalo,  Aguirre nos recuerda aquellos viejos debates a fin de entender lo que hoy pasa. Poco sutil, directa como es ella, lo que nos quiere decir es que hay indudables parentescos entre Ahora Madrid y aquellos socialistas y comunistas de las primeras décadas de siglo. A su criterio, en el Madrid de 2016 existen dos concepciones políticas puras, bien representadas en nuestro consistorio: a un lado “los liberales” y al otro “los comunistas” o “tardocomunistas”, como le gusta decir cuando habla de nuestro grupo.

Con tales etiquetas, no exentas de folclore y de reclamos publicitarios, Aguirre reivindica el patrimonio del liberalismo gran reserva, que ella misma se atribuye y que reparte, a diestro y siniestro, como única ideología moderna y de progreso. A su entender, ni siquiera le vale el taxón neoliberal, pues de su mano el liberalismo es esencia pura, oro de 24 quilates.

Pero, Esperanza: ¿crees sinceramente que eres liberal? ¿Que tu práctica se acerca siquiera en apariencia a los postulados del libro que nos has regalado?

El abuelo Von Mises y la doctrina liberal

De mi lectura de Von Mises, entiendo que el liberalismo se empeña en lo económico-material, pues sabe que lo espiritual concierne únicamente del individuo. Para Mises, la vida colectiva se debe organizar racionalmente a través de sistemas de regulación mercantiles, con precios de mercado, que igual valen para el trabajo como para la tierra o las mercancías producidas. Al Estado sólo le corresponde la salvaguarda de la propiedad, la libertad y la pacífica convivencia.

Von Mises es reclamado como una de las figuras fundadoras de lo que en Estados Unidos se denomina libertarismo, corriente pura del liberalismo, que —como señala Robert Nozick— sólo entiende al Estado como un discreto vigilante nocturno. O si se prefiere, en palabras de otro santurrón del liberalismo, Friedrich Hayek, como el jardinero que cultiva una planta. De acuerdo con estos autores, la política social no debería molestar a los individuos en sus secretos últimos y más profundos, de igual modo que la idea de componer un gobierno liberal se les antoja un imposible. Para Von Mises, “gobierno liberal” es sencillamente una contradictio in adjecto.

El desajuste conceptual, que apunta esta corriente de pensamiento, descansa en la propia idea de gobierno: de ahí que se les llame libertarians. El gobierno lleva aparejada la tentación de formular organizaciones sociales totalizantes. El gobierno no entiende de la libertad de mercado y recae, una y otra vez, en el intervencionismo sobre la vida de los individuos, al tiempo que corrompe las relaciones felizmente reguladas por el libre intercambio. ¡Ojo, Esperanza! El peligro de todo liberal reside en la insidiosa tentación de usar el gobierno para favorecer cierta moral, muchas veces religiosa; para impregnar a los hombres —y a las mujeres y a los niños— de valores y formas de vida de marcado carácter conservador.

El enigma del neoliberalismo y el liberalismo conservador

En más de una ocasión te he escuchado decir: “Yo no soy conservadora, soy liberal”. E innumerables veces te han aplaudido por ello, al recalcar que la unión entre liberalismo y conservadurismo es imposible. Pero ¿estás, segura de que la tradición conservadora no constituye tus ideas y tu práctica?

Durante los años setenta, el liberalismo dio un increíble vuelco. Casi se puede decir que dejó de ser liberal. Esta corriente de pensamiento, que hasta entonces no parecía destinada a tener un gran recorrido, tomó el relevo en los gobiernos de medio mundo. Para ello —recuerda, se trataba de “gobernar”, no de opinar en los márgenes de la academia y el periodismo—, decidió ceder algunos de sus principios fundamentales, a cambio de ganar eficacia y funcionalidad en relación con los poderes económicos establecidos. Al tiempo, desarrollaba instrumentos morales que controlaran mejor unas sociedades también en crisis. Por más que te pese, Esperanza, esa transformación tuvo dos nombres: neoliberalismo y revolución conservadora; al igual que dos presidencias, que ya sabemos cuánto admiras: la de Margaret Thatcher y la de Ronald Reagan.

El nuevo liberalismo se concibió como una estrategia radical de gobierno y de renovación del Estado, en tanto agente económico, político y de ordenación social. Como dice el “tardocomunista” David Harvey, podemos decir que la era neoliberal se define, entre otras cuestiones, por asumir y provocar la indistinción entre el capital y el Estado. ¿Cómo pensar, si no, el mundo posterior a 1945? ¿Cómo interpretar los gobiernos de Ronald Reagan y Margaret Thatcher? ¿Cómo pensar la China —sí, también la China “comunista”— posterior a 1979?

La esencia del neoliberalismo es que el liberal no puede seguir pensando en el Estado como un factor independiente, marginal, discreto. Esperanza, reconócelo: ser neoliberal es apostar porque el Estado tenga una gran capacidad de intervención sobre el conjunto de la economía.
Madrid. Para muestra un botón

La prueba del algodón del “liberalismo” madrileño fueron tus años de gobierno en la Comunidad de Madrid. Son múltiples los ejemplos en esta región en los que se demuestra que el papel de las instituciones públicas —aquellas que has gobernado— no han sido las de un “discreto vigilante” o un “cariñoso jardinero”. Y esto sucedió no sólo porque se incurriese en la contradicción de querer conformar un “gobierno liberal”.

En Madrid, mientras los verdaderos liberales hablaban de dejar caer a las entidades financieras que no habían sabido competir en el libre mercado, los supuestos liberales madrileños usaban dinero público para salvar y hasta nacionalizar partes del sector bancario. Episodio conocido es el de la cruenta guerra por el control político de Caja Madrid. Acuérdate, Esperanza: ahí no actuaste de forma precisamente discreta. La liaste.

En aquellos años, parece que te poseyera aquella tentación intervencionista que siempre corrompe a los liberales en el poder. De hecho, debes reconocer que empleaste las instituciones públicas no para generar un campo de juego libre (mercados libres), sino para favorecer a determinados intereses privados. Recordarás que la supuesta bajada de impuestos no se tradujo en mayores cantidades de dinero en los bolsillos de los ciudadanos, sino en disminuciones de los ingresos públicos, que tuvieron que compensarse con subidas desmesuradas del transporte público, copagos sanitarios y un enorme endeudamiento.

Tampoco en el campo de los servicios públicos se crearon sistemas sanitarios o escolares privados, que gracias a la libre competencia garantizasen un “mejor” servicio. Muy al contrario, apostaste sistemáticamente por modelos mixtos, público-privados, que no han sino demostrado su fracaso como sistema público y universal, además de su inviabilidad como empresas, casi siempre incapaces de enfrentarse a la libre concurrencia. Con tu “gobierno liberal” confirmaste un modelo aberrante que genera un sistema de economía privada que vive del presupuesto público, por supuesto sin que tampoco genere servicios de calidad.

Nos podríamos extender en los ejemplos hasta superar las 600 páginas del libro del bueno de Von Mises. Por respeto al lector, solo te haré constatar que tu política ha ido en dirección contraria a la famosa autorregulación de los mercados. Gracias a ti, entre otros, vemos cómo los grandes intereses financieros y empresariales se han amalgamado con los presupuestos públicos con el único fin de regular la economía en su provecho, dando cuerpo a fórmulas de contratación y gestión público-privadas rabiosamente endiabladas.

Y este no es el liberalismo que aparece en tus libros, sino un mundo que tiene lo peor del socialismo que denuncias y lo peor del liberalismo que dices defender.

Pablo Carmona, publicado en ctxt.es el publicado el 13 de enero de 2016