Uno de los lugares comunes del análisis de los resultados del CIS y, casi seguro, de las próximas elecciones, va a ser la llamada «brecha generacional». Los «jóvenes» estarían manteniendo un comportamiento de voto radicalmente diferente de él de sus mayores y apostando fundamentalmente por Podemos y, en menor medida por C’s, frente al «voto régimen» de las edades más avanzadas. Quien se adentre por esta línea de lectura, incluso haciendo las inevitables referencias a un mercado laboral muy segmentado por edad y precarizado en sus franjas más jóvenes, se arriesga a que esta quede en un simple problema de desconexión juvenil que se recuperará política y laboralmente a medida que el tiempo pase y modere los instintos radicales de la juventud.

Sin embargo, es muy posible que esta «brecha generacional» sea el síntoma de algo diferente y de cuyo diagnóstico correcto dependen las posibilidades de una política de transformación social. El fenómeno de fondo es la crisis de la clase media y la edad de los votantes simplemente marca una de sus principales líneas de inestabilidad. La clase media, entendida en términos políticos, es una declaración subjetiva de conformidad con el modelo político y económico: «tengo lo suficiente como para no querer un escenario de lucha de clases». En el caso español, por ejemplo, la clase media política ha estado mucho más vinculada a las posiciones patrimoniales que a las salariales: ser de clase media ha sido ser propietario inmobiliario.

Una de las características centrales de las clases medias, en tanto fenómeno político, es que tienen que estar sujetas a la reproducción de sus posiciones, a una anticipación de las posibilidades de seguir manteniendo el estatuto subjetivo de clase media: “mis hijos vivirán mejor que yo”. Es la incapacidad del capitalismo financiero actual para producir, siquiera remotamente, algo parecido a un orden social la que destroza esta ilusión que se rompe por los que deberían ser los herederos de esas posiciones políticas. Y la categoría «herederos» es tan amplia como en su día lo fue la sociedad de los dos tercios que tanto fascinara a los sociólogos de una generación. Amplia como  la propia categoría social «joven», que ya se mete a gusto en los 45 años, y que agrupa a los recién expulsados de esa condición middle class tanto como a los que ya han asumido que nunca alcanzaran esas posiciones.

En cierta media, la polítización de la clase media, cuando entra en un conflicto distributivo, hace que deje de ser clase media, entendida desde este punto de vista. En un excelente artículo de dos polítologos del colectivo Piedras Papel analizando el CIS

[http://www.eldiario.es/piedrasdepapel/Claves-CIS-arrancar-campana_6_458864151.html], afirmaban que quien gane el centro no ganará estas elecciones. Se trata de algo que va contra todos los dogmas de la politologia y la sociología electoral española de los últimos cuarenta años: gana quien gana el centro.

Por supuesto, el centro lo tiene ganado C’s que es quien tiene un proyecto más acabado de reconstrucción nostálgica de la clase media. Proyecto que, a buen seguro, irá mutando en nueva derecha autoritaria a medida que las condiciones materiales necesarias para la construcción de la clase media no aparezcan por ningún lado. El resto de partidos se ve desplazado de esa posición, no sólo por un efecto estadístico, sino porque aparecen las grietas de clase en el orden político. El PP se desliza hacia el proyecto revanchista de las derechas a medida que pierde su posición «de estado» y el PSOE, en su caída, deja ver su adscripción territorial y social en lo que alguna vez fueron clases trabajadoras que se convirtieron en clases medias. Y es que decir «centro político», no es más que otra manera de hablar de un régimen político estable con unas clases medias medianamente sólidas. Desde este punto de vista, Podemos sigue apareciendo en la línea de ruptura.

En este caso, no se trata tanto de que una política de transformación deba ser una suerte de política para jóvenes sino de entender que se está cabalgando la descomposición del agregado central de la sociedad. Igual que no todo el mundo era clase media, pero la clase media servía como punto de ordenación de todo el sistema político, la clase que emerja de sus cenizas debe ser un aglutinador social. Por lo pronto, como sucedió, en el 15M porque «los jóvenes» arrastran en su politización a «los viejos». Pero también porque donde de verdad nos la jugamos, es en la politización de las enormes bolsas de abstencionismo juvenil de las periferias urbanas, precisamente donde residen aquellos que desde hace más tiempo dejaron de tener esperanza alguna de ser de clase media.

 

Isidro López

Publicado el 4 de diciemnbre en el Blog Contraparte del diario Público

Foto: http://www.laregion.es/