[:es]Pablo Iglesias ha salido reforzado de Vistalegre II. Ha derrotado a su principal opositor. Sus documentos (los más centralistas de todos los presentados) han obtenido mayorías holgadas. “Su lista” ha logrado el 50% de los votos y 6 de cada 10 consejeros. Es el momento del cesarismo áureo. Todo cierto. Y sin embargo apenas describe un estado (en Podemos), que no puede pasar por explicación.

El bonapartismo ha sido uno de los fenómenos más estudiados por los críticos del Estado. Desde que Marx escribiera El 18 Brumario, los términos bonapartismo o cesarismo se han empleado para describir una situación especial, una suerte de anomalía en el curso normal de las democracias liberales. El argumento vendría a ser como sigue: cuando en el choque entre distintas fuerzas o sujetos sociales ninguno de ellos logra imponerse claramente, a veces se abre un impás, el espacio-tiempo de la dictadura (en el sentido romano). El “Bonaparte” actúa por medio de la suspensión temporal de las normas constitucionales y del conflicto político. El “Bonaparte” es una suerte de mediador o árbitro entre las distintas fuerzas. El “Bonaparte” asume el gobierno y al mismo tiempo afirma la condición, siempre ficticia, de la neutralidad del Estado. La literatura sobre esta forma de gobierno (desde Gramsci hasta Laclau, pasando por Poulantzas) es ingente, y ha servido para describir fenómenos tan distintos como el II Imperio de Luis Napoléon Bonaparte y el peronismo.

Puede que el bonapartismo de Podemos se explique con rudimentos parecidos. Pero en este caso la situación de empate no se da tanto en el conflicto por el Estado, como más bien entre aquellos que quieren disputarlo, esto es, en el terreno de lo que antiguamente llamaríamos “la izquierda”, y hoy las fuerzas del cambio. Traducido a términos menos conceptuales: el 15M no produjo organizaciones estables. Bajo la consigna “Que se vayan todos” o “No nos representan” no había un programa político preciso, mucho menos la aspiración a la formación de un partido. Cuando a partir de 2013, y sobre todo de 2014, se aceleraron los acontecimientos que llevaron a la constitución de distintas formaciones políticas (Partido X, Podemos, las candidaturas municipalistas, las confluencias autonómicas), apenas se puede decir que estas tuvieran coherencia. La nota dominante fue la improvisación, las alianzas complejas y la radical heterogeneidad de los sujetos que participaron en estos procesos. Caos creativo. Nada parecido a lo que sucedió en Operación Ciudadanos, o en lo que a día de hoy ocurre en un PSOE desbarajustado. (De hecho es este “caos” lo que explica la fortaleza de los procesos que electoralmente expresa Podemos y que medios de comunicación y politólogos no alcanzan a comprender).

Ni en el 15M, por tanto, ni en la variopinta constelación de fuerzas que compone y rodea Podemos, esta coalición amplia de sujetos se ha expresado con un lenguaje claro, ha madurado sus propios debates con el objetivo de dotarse de una hipótesis estratégica o ha conseguido vertebrarse en una organización que, por compleja que fuera, resultase clara en sus fundamentos y sus límites. Los tiempos y espacios del “partido del cambio” son fluidos. Y este es justamente el terreno idóneo del cesarismo.

Seguramente el acierto del grupo Complutense (y también de Anticapitalistas) consistió en lanzar una idea sencilla a este magma de elementos fundidos en la ola 15M: presentar una candidatura electoral.  Su fracaso en el medio plazo ha consistido en no avanzar (y en muchos casos retroceder) en la organización y estructuración de ese partido de los “partidarios del cambio”. Sea como sea, el cesarismo suple la desorganización. Y a la vez nos hace una promesa asombrosa: victoria y solución, ganar elecciones y “cambiar la vida de la gente”. Como ocurría con los viejos “Bonaparte”, el cesarismo es consustancial a la autonomía de lo político que ha sido característica de Podemos.

No obstante, sería un error considerar que el bonapartismo en Podemos, o si se prefiere el cesarismo convertido en “pablismo”, se puede representar en la forma de una adhesión de masas al carisma del líder, tal y como se ha querido construir a través de un modelo básicamente plebiscitario de organización. Antes el contrario, casi podríamos decir que el “no nos representan” es el horizonte insuperable de nuestro tiempo. Basta hacer algunos números.

En estas consultas han participado 150.000 personas sobre un total de medio millón de convocados, a los que apenas se les exigía más esfuerzo que sentarse 10 minutos delante de un ordenador. Pablo Iglesias ha obtenido alrededor de 120.000 votos, poco más de los que obtuvo en el primer Vistalegre, cuando Podemos acababa de nacer. Se trata de cifras magras, muy magras, uno o dos ceros por debajo de los millones que participan en las primarias del Partido Socialista Francés o el Labour británico, o de las decenas de millones que moviliza el Partido Demócrata. También son cifras ridículas si se las compara con el grado de participación que logró el 15M, cuando distintos estudios demoscópicos realizados en el verano de 2011 señalaban que entre uno y 2,5 millones de personas participaban activamente en el movimiento. Pero la paradoja más significativa resulta de la comparación de estos números con los cinco millones clavados de votantes que, barómetro tras barómetro (del CIS), siguen prefiriendo Podemos como opción de voto.

Los errores de Podemos están a la vista de todos. De darlos a conocer se encargan a diario los grandes medios. El bochorno de las peleas adolescentes, los desplantes en redes y las notables ausencias (de proyecto, de ideas, de debate real). Por eso, parece que en el partido del cambio, que desborda con mucho los límites de los morados, circula una consigna no explícita: “No me creo a Podemos, pero le dejo hacer”. Se vota a Podemos, sencillamente porque no hay otra alternativa. O si se quiere, porque no se ha conseguido madurar ni la organización, ni la propuestas, ni las formas de movilización que debieran servir como vehículo de recambio y de superación de Podemos.

Los resultados de Vistalegre II se pueden leer en esa clave. De una parte, poca participación, poca expectación y poco interés, a pesar de la increíble atención que le prestan los medios. De otra, y entre aquellos que han decidido votar, una preferencia mayoritaria: “Mejor Pablo que Errejón”. O mejor dicho, antes el cesarismo y el verticalismo de lo ya conocido que el de su antiguo compañero.

Esta contradictoria sociología de Podemos también se dejó ver en Vistalegre. Tal y como explicaba recientemente Nuria Alabao en este medio, en las gradas del estadio, el “pueblo de Podemos”, formado por lo que queda en los círculos y que en su mayoría provenía de fuera de Madrid, la atmósfera, a veces convertida en rugido, era inequívocamente favorable a Pablo, o en su defecto a los anticapitalistas. En el gallinero, la nueva nobleza del partido, hecha de cargos y asesores de mayoría errejonista, apenas expresó alegría y energía. Cuando hablaron los suyos, todo quedó en una recepción fría. Conviene considerar que la derrota de Errejón, favorecido inequívocamente por la mayor parte de los medios de comunicación y especialmente por PRISA, como la opción domesticable y correcta, es mucho mayor de lo que parece. Es seguramente una demostración sociológica de que el estilo amable de estos chicos y chicas, que tan perfectamente encaja en política institucional, convence poco a los empapados de hartazgo por la situación presente.

Sea como sea, terminaría mal este artículo si no explorara la fase que ahora se abre. Para ello hay que partir de una simple asunción: nuestro “Bonaparte” es terriblemente débil. Lo es por su posición en la organización. A diferencia de Íñigo, Pablo no dispone ni de aparato, ni de gente. El “pacto de lealtad” con el que normalmente sella la adhesión de sus equipos no ha producido hasta ahora más que esa interminable fila de notables que golpean en la puerta de Errejón (Tania Sánchez, Luis Alegre y tantos más). Nada de esto va a cambiar después de Vistalegre. Hechas algunas excepciones, el equipo de Pablo destaca por su singular mediocridad y estrechez de números. Gobernar el partido por arriba implica abandonarlo por abajo y, al tiempo, emplear esa mezcla inconsistente de látigo y prebenda. La fractura interna entre los que están organizados en el partido, y que va más allá de las tres grandes familias (Errejón, Iglesias, Anticapitalistas) cuando se considera la multitud de taifas territoriales, va a obligar a Iglesias a jugar a la “purga” y a la “integración”, sin conseguir nunca “construir partido”.

Hace unos días, Pablo Carmona (el de Ahora Madrid, no el del PSOE) recordaba un viejo lema del ejército zapatista: “Nuestro objetivo es desaparecer”. Este debiera ser también el destino del cesarismo en Podemos, y seguramente también de la anómala figura del “secretario general” (heredada de los partidos estalinistas). El impás en Podemos debe terminar. Pero para ello, ese gigantesco “partido del cambio”, que desborda en todo a los morados, tendría que madurar, pensar y desarrollar los debates y las formas de organización que acabarán en la superación de Podemos. Caso contrario, nuestro Bonaparte acabará como todos los demás, en una pequeña isla Santa Helena llamada Nueva Izquierda.

Emmanuel Rodríguez (@emmanuelrog)

Publicado en Ctxt el 13 de febrero de 2017

[:]