Estamos en uno de esos momentos en los que la máquina periodística demuestra músculo. Es tiempo de superávit de interpretación, de exceso de opinión. Probarse en estos momentos tiene algo de redundante. Esperemos que no mucho.

Sánchez llega a la Moncloa. Lo hace de forma del todo imprevista. Basta colocarse 15 días atrás: Rajoy aprueba los presupuestos y se dispone a apurar toda la legislatura. Lo hace por efecto de la larga crisis de la democracia española —la crisis de régimen—. Crisis compleja, en la que la indignación con respecto de la clase política, el escándalo frente a su corrupción, es solo uno de los elementos. Otro, también importante, es la permanente pugna dentro de la clase política, las luchas intestinas dentro de las “élites”, las guerras cainitas que han llevado a los tribunales a algo más de la mitad de los populares y a no pocos socialistas y cargos de IU. Anotemos: la forma de lucha interna por el poder, especialmente en el PP, es la puñalada trapera. La investigación judicial anticorrupción tiene mucho de vendetta interna, de desorganización del partido tras una crisis que ha hecho menguar las rentas políticas (muchas propiamente corrupción) y lo ha dividido en facciones enfrentadas. En un sentido real y concreto, el PP ha implosionado. Y en el último salto, el PSOE se ha presentado como el turno posible, el viejo turno, pues la otra opción eran unas elecciones óptimamente dispuestas para una victoria de Ciudadanos.

Primera conclusión. Frente al relevo en el gobierno, conviene huir de la doble tentación de las  izquierdas y las derechas en sus versiones más convencionales. Lo que viene no es obviamente el Frente Popular que arruinará España, la fuga de inversiones y las políticas económicas desastrosas. Las trompetas de la Guerra Civil no suenan por ninguna parte, por mucho que se hable de un gobierno apoyado por la izquierda radical, los independentistas e incluso “la ETA”. El underground de derechas es genialmente divertido, pero también harto bizarro. Pero lo que viene no es tampoco la oportunidad de un gobierno de izquierdas o de renovación democrática. El modelo portugués no vale para España; y eso que estamos hablando de un país cuya recuperación es harto dudosa y cuyo reformismo progresista se ha fundado en una increíble deflación salarial y una burbuja turístico-inmobiliaria, que aquí nos resultan también muy familiares.

Frente al relevo en el gobierno, conviene huir de la doble tentación de las  izquierdas y las derechas en sus versiones más convencionales

En otras palabras, el gobierno de Sánchez es un gobierno de orden. Un gobierno “del turno” ante el desgaste de su viejo adversario, destruido internamente y expuesto a la luz pública como muestrario de los horrores del expolio público. Es además un gobierno avalado por Europa. Lejos de la incierta situación italiana, en la que Lega y Cinque Stelle prueban su mutua simpatía entre xenofobia y antieuropeísmo, aquí se decide por la continuidad: desde los presupuestos del PP hasta los dictados de la Unión Europea. Esto es importante. El año pasado Montoro cumplió por los pelos el déficit impuesto por la Comisión, cifrado en un 3 %. En este año se propone un 2,2 % , que puede suponer nueve mil millones más en recortes. Y el año que viene, bajo tutela europea, el estrechamiento podría ser mayor. Poco margen para programas sociales, poca holgura para giros imprevistos.

La coyuntura tampoco es favorable. Desde el crash bursátil de febrero en EEUU, la guerra comercial chino-americana se ha ido desplazando hasta convertirse en una guerra comercial contra la UE. El balanceo entre el dólar y el petróleo, con la devaluación del primero y el encarecimiento del segundo tienden a deteriorar la balanza comercial española, al tiempo que han detenido el crecimiento de la economía europea. Menos margen para el nuevo gobierno.

Además, los cambios recientes en la dirección del Banco Central y la presión alemana ya han logrado anunciar una retirada de la política de Expansión Monetaria y han puesto fecha final al programa de compra de bonos: diciembre. En lo que a España se refiere, una previsible subida de tipos empujará al alza el coste de la deuda pública. Y quizás desencadene una nueva oleada especulativa sobre los bonos, tal y como se ha visto con el amago de estas semanas a raíz de la situación italiana y el rápido aumento de la prima de riesgo de ambos países. Todavía menos margen para el nuevo gobierno.

Y aún podríamos considerar los efectos combinados de estos factores. En el escenario menos óptimo, pero también harto probable, se podría detener la reactivación del mercado inmobiliario, al tiempo que se contrae el consumo público y privado, se empuja al alza el paro y nos vemos de vuelta, en un plazo de 12 o 18 meses, a una situación más parecida a la de 2009 que a la de 2017. No parece que sea tan buen momento para un gobierno de izquierdas.

No obstante, podemos intuir la estrategia del nuevo gobierno para sortear con éxito este escenario. Del modo más obvio, se trataría de regular los tiempos, aprovechar la todavía buena coyuntura, dejar al PP tiempo para reorganizarse y vender algunos éxitos modestos. El año que viene, se anunciarían elecciones en mejores condiciones, y otra vez bajo la forma de un enfrentamiento PP-PSOE. Como casi siempre ocurre con el PSOE, esta estrategia tendría que pasar por una reedición de la “ceja” de Zapatero, esto es, “talante” y derechos civiles, cultura progre y cierto relajo en la deriva autoritaria de una parte de la judicatura. Y ¿en todo lo demás?, pues, una perfecta continuidad con las políticas de Estado, cada vez más determinadas por Bruselas.

Puede que para muchos esto sea suficiente. Si consideramos la política como una pantalla, como un juego estético, indudablemente es mejor un gobierno que aparentemente no esté formado por una caterva de ladrones, que detenga la deriva nacionalista y absurda que ha convertido en “gran problema de Estado” la homóloga deriva de las élites políticas catalanas, o que proponga toda clase de guiños (casi siempre con efectos más cosméticos que reales) en materia de memoria histórica, reconocimiento de minorías y derechos civiles. Pero esta es la forma de la política democrática en tanto escenario o teatro, en tanto representación empeñada en la sustancial despolitización de lo que podemos considerar las viejas materias de la gran política: la redistribución real del poder político (y por ende de la forma del Estado) y de la riqueza (y por ende de la forma de la economía).

Si consideramos la política como una pantalla, como un juego estético, indudablemente es mejor un gobierno que aparentemente no esté formado por una caterva de ladrones

Conviene considerar también que Podemos no supone un cambio en la forma teatral de la política, ni tampoco una suerte de control eficaz a la gobernanza progre que nos propone el PSOE. Antes al contrario, Podemos se va a situar a la izquierda en todas las guerras culturales que se desaten de aquí a final de legislatura y va a azuzar en todas la materias señaladas. Sin embargo, cuando se trate de plantear alguna de las cuestiones duras que atañan a las grandes políticas de Estado como la Unión Europea, la especialización de la economía española o simplemente la necesidad de armar a una sociedad inerme y desorganizada políticamente, difícilmente podrá ser más que otro factor de orden. Así lo ha sido en lo que se refiere a la organización de su área política, patente en la verticalización del partido y su nula ausencia de democracia interna. No cabe esperar que sea distinto si tiene responsabilidades de Estado.

No obstante, la situación se puede plantear también desde otra perspectiva. Y aquí quizás nos valgan palabra viejas, pero sólo si sabemos emplearlas de un modo que no sea cerrilmente ideológico. “Reformismo”, vieja palabra, sirvió durante décadas como peyorativo y despreciativo de la renuncia revolucionaria. También sirvió, y por eso nos interesa, para nombrar a aquellos partidos de la izquierda que, cada vez más encerrados en la lógica institucional, propugnaban una gestión progresista en materias irreformables. Curiosamente estos partidos practicaban unánimemente la soberbia de Estado, en tanto entendían poco o mal que solo mediante la organización de fuerzas sociales simétricas o mayores que las inercias de lo que se quiere cambiar se podía obtener algún éxito.

Hoy podemos decir que tenemos un gobierno de orden, que va a jugar al espejo del reformismo; en el caso de Podemos con toda su fuerza. La cuestión no está en desvelar públicamente su “mentira”. Ésta, como sucedió con Zapatero, González y con todos los gobiernos de la izquierda de este país (incluidos Carmena y Colau), se acabará imponiendo como decepción o impotencia. La cuestión está en construir una posición activa (de movimiento) capaz de empujarles mas allá de sí mismos. Las materias de esta posición están sobre la mesa: pensiones, control de la judicatura, libertad de expresión sin excepciones, reforma del código penal (en un sentido obviamente libertario), la agenda del 8M, inversión del rescate bancario en políticas de vivienda, recuperación de los sistemas de salud y educación frente a concertada y seguros privados, y más allá: renta básica, control financiero y un nuevo frente por la radical reforma de la Unión Europea. Materias todas siempre prometidas y siempre postergadas.

Pero la premisa de esta política (que considero la única posible) consiste en cortar de raíz y desde hoy mismo con toda adhesión y con toda ilusión respecto de un “cambio”, que si delegamos en ellos jamás se producirá. Como conspiradores cínicos frente a la izquierda en el poder y respecto al voto que alguna vez pudimos conceder, tenemos que empezar a elaborar un programa de conquistas concretas que necesariamente supondrá plantearles oposición, explotar sus contradicciones y obligarles a hacer aquello que prometen, pero que nunca están dispuestos a llevar a cabo. Hoy la situación está algo más abierta, pero solo a condición de que la sepamos aprovechar.

Emmanuel Rodríguez (@emmanuelrog)

Publicado en CTXT el 2 de junio de 2018