Reseña de Capitalismo terminal, de Corsino Vela (Traficantes de Sueños, 2018).

De un tiempo a esta parte, diversos intelectuales críticos y analistas del capitalismo —desde Wallerstein y James K. Galbraith a Wolfgang Streeck— han resucitado una discusión recurrente dentro del campo de la economía política. Al menos tanto como lo son las grandes crisis que han provocado las principales transformaciones en la economía-mundo durante los dos últimos siglos. Sin embargo, ahora la cosa parece que va en serio ¿Está el capitalismo tocando a su fin?

Si echamos la mirada atrás, veremos cómo el modo de producción capitalista no ha dejado de estar asediado, ya desde su propio nacimiento, por los espectros del derrumbe y el colapso. Es decir, por sus propios límites y contradicciones, todos ellos inmanentes a su naturaleza expansiva y mercantilizadora.

Marx lo expresó con bastante claridad: más allá de que el capital pueda albergar a sus enterradores potenciales —la clase trabajadora según la hipótesis del Manifiesto Comunista—, el ciclo productivo capitalista tiende a provocar, debido a su dinámica interna, las más explosivas convulsiones. En su evolución, el capital no deja de encontrar límites a su propia valorización -crisis de sobreproducción, estancamiento, declive de beneficios, formación de burbujas, etc.-, todos ellos de carácter endógeno.

Aunque estos obstáculos puedan ser superados temporalmente, nunca desaparecen del todo, sino que sólo son desplazados o diferidos; irrumpirán más adelante y con mayor vehemencia, terminando por constituir una verdadera traba para el desarrollo capitalista. Por decirlo de otro modo: las crisis son un fenómeno acumulativo en cuanto a profundidad, escala y amplitud.

La Gran Recesión de 2008 parece no tener fin, y lo que es peor, su volatilidad se expresa con particular violencia en todos los órdenes de la sociedad, en todas las esferas de la vida

Hasta ahora el relato ha sido siempre el mismo: a cada crisis sistémica le ha sucedido siempre un período de reestructuración. Un momento de innovaciones tecnológicas y productivas, estabilización política y reanudación del ciclo de acumulación por otras vías —pensemos en el fin de la doctrina Keynes y la emergencia del neoliberalismo, con todo el proceso de financiarización—. Sin embargo, la situación se presentaría ahora de manera radicalmente diferente.

La Gran Recesión de 2008 parece no tener fin, y lo que es peor, su volatilidad se expresa con particular violencia en todos los órdenes de la sociedad, en todas las esferas de la vida: la desigualdad y la precarización se han convertido en fenómenos plenamente instalados en el presente. Por no hablar de la destrucción de la biosfera. Estaríamos, por tanto, ante una crisis de signo estructural.

¿Fin del capitalismo entonces? Por lo menos cabría hablar de un capitalismo en trance de extinción. Asistiríamos hoy al comienzo de un “interregno” de transición hacia otro modelo productivo y de gobernanza. Alterando un poco el viejo adagio gramsciano, podríamos decir que vivimos en un período en el que lo nuevo no acaba de nacer y lo viejo agoniza sin paliativos. Un momento en el que monstruos siempre están al acecho. De todo ello se ocupa Corsino Vela en Capitalismo terminal (Traficantes de Sueños, 2018), de los largos estertores de un modo de producción declinante.

Como ya sucediera en La sociedad implosiva (Muturreko Burutazioak, 2015), la última obra de Corsino Vela utiliza un estilo y un lenguaje poco acostumbrados en la actualidad: plantea una tesis económica fuerte —marxista, para más señas— y la despliega de manera exhaustiva a través de ramificaciones que abarcan la totalidad social.

A lo largo del texto se abordan la crisis del Estado de bienestar, los límites de la “nueva política” (una variante débil de lo que el autor denomina la “izquierda del capital”), la vulnerabilidad de los nuevos sectores productivos —sector terciario, logística, transporte— o las características actuales de la conflictividad socio-laboral. Yendo al grano, el autor sostiene la verificación de la Ley de la caída tendencial de la tasa de beneficio como el horizonte irrebasable del nuestro tiempo.

Esta “ley”, elaborada por Marx en El Capital, vendría a materializarse hoy como la dificultad de la clase capitalista para reanudar un ciclo de acumulación estable y expansivo. Dentro de un capitalismo capitaneado por la fantasmagoría de las finanzas, existiría un bloqueo a la valorización del capital productivo en la economía real, comprimiendo la tasa de beneficio en una espiral descendente. Y ésta, al tornarse crónica, anunciaría la implosión de la civilización tal y como la hemos conocido. Veamos por qué.

Frente a un período de crecimiento como el de los Treinta gloriosos, el capital habría operado un giro intensivo, contrayéndose sobre sí mismo. Las reformas económico-políticas neoliberales que permitieron superar la crisis de los 70 y recomponer la tasa de beneficio —disciplina laboral frente a las huelgas, deslocalización industrial, automatización de procesos, desregulación de los mercados, reorganización de la gestión, subcontratación, externalización, financiarización, etc.—, al ser llevadas a la exasperación, se revelan ahora como un problema insoluble.

Este giro se basa en una explotación exhaustiva del ciclo de negocio empresarial, donde se trata de exprimir al máximo cada fase, incidiendo —por supuesto— en los segmentos que ofrecen mayor rentabilidad. La estrategia es sencilla: reducir costes y tiempo tanto en el proceso de producción de las mercancías como en el de su realización en el mercado, para lo cual hace falta —a su vez— un fuerte impulso tecnológico.

Vela pone tres ejemplos interesantes de cómo este “giro intensivo” afecta a la industria actual, señalando de manera práctica el agotamiento de la apuesta neoliberal: el complejo agroindustrial, la industria automovilística —tan central en el fordismo— y lo que podríamos denominar como la industria del ocio y la movilidad (entretenimiento, turismo). La conclusión es que ninguna de ellas puede protagonizar un nuevo despegue económico.

Por ejemplo, la agroindustria se ve afectada por la reestructuración capitalista como cualquier otra rama, obligada a generar economías de escala, una cascada de sub-contratación (outsourcing intensivo) y precarización —llegando al trabajo esclavo—, además de una impresionante inversión tecnológica que le permita responder de manera eficiente a la demanda. Su alta tasa de endeudamiento y el talón de Aquiles de la distribución, sumadas a su creciente composición técnica en un marco de competencia desaforada —híper explotación laboral, presión para la reducción de tiempo y costes— hace su actividad deficitaria en un sentido crónico.

En el caso del turismo, el ocio y el entretenimiento los problemas son aún mayores. Si bien puede tratarse de una actividad muy rentable para dinamizar la economía —hay diversas economías regionales especializadas, como la española—, Vela la encuadra en los sectores de la circulación y la realización del capital —siempre al hilo de la hegemonía de la terciarización—.

Por utilizar la terminología marxista clásica, se trataría de una industria centrada en el trabajo improductivo, un trabajo no valorizador aunque pueda resultar socialmente necesario. El turismo y el ocio redistribuyen excedentes de capital a nivel global, captan dichos capitales, pero no pueden generar per se un ciclo que impulse un nuevo proceso de acumulación —por más que puedan generar empleo y demanda—. De hecho, el triunfo de este tipo de sector debería interpretarse como un síntoma del declive capitalista en la actualidad.

Dos capítulos que brillan en la obra, tanto por el enfoque crítico y práctico como por su nivel de precisión y detalle, son los que se refieren a la logística como sector y a los nuevos conflictos aparejados al sector terciario. Las estrategias de deslocalización han llevado a la logística a ocupar un lugar central, convirtiéndose las cadenas de suministro y el sector de los transportes en elementos muy sensibles dentro del ciclo de acumulación.

Si bien las actividades de la esfera de la realización están sometidas a los mismos obstáculos que las industrias mencionadas —competencia desaforada, aumento de la composición técnica, reducción de costes y tiempos—, siguen siendo un eslabón rentable además de fundamental: sin la logística las mercancías no pueden llegar al mercado y venderse a tiempo —y el tiempo de venta es central para obtener márgenes de beneficio—.

En un contexto de complejidad comercial de escala internacional, cada vez más abigarrado, aeropuertos, puertos y rutas han cobrado un carácter sustancial en todo el mundo, especialmente en un tablero en el que la competencia por la ganancia es voraz

Precisamente por la importancia de las redes de transporte y su uso intensivo, éstas han terminado por convertirse en espacios de gran vulnerabilidad, puntos débiles de la cadena de valor. Es aquí donde Corsino Vela analiza —de un modo estratégico— las huelgas en estos sectores, puesto que la conflictividad en estos segmentos tiene una fuerte capacidad para bloquear la acumulación y generar pérdidas considerables.

El autor analiza varias huelgas (Huelga de transportes de 1990 en España, Italia en 2007, España de nuevo en 2008, conflictividad portuaria, etc.) y permite sacar conclusiones estratégicas para una acción en clave autónoma. ¿Una reivindicación indirecta del sabotaje? Quizá, pero sobre todo un análisis de las oportunidades para una clase trabajadora fragmentada, una clase que sólo puede construir lazos y vínculos en medio de la lucha por sus derechos.

La última parte de la obra —”Límites de la reproducción social capitalista”— aborda los efectos de la debilidad del ciclo de acumulación en el Estado, la sociedad civil y su reflejo sobre la conflictividad social. El diagnóstico no es particularmente halagüeño: el paisaje que se dibuja es de enorme incertidumbre, potencial antagonismo (o guerra) y abierto al resurgir de ciertos monstruos políticos (populismos de extrema derecha).

El desmontaje del Estado de bienestar y las políticas de recortes, lejos de las imágenes de la corrupción política como fachada —esa es la “forma normal” de gestión en el neoliberalismo—, se deben a la imposibilidad de los Estados para sostener una administración pública improductiva. Sus presupuestos están yugulados al no existir “algo” que redistribuir cuando la tasa de ganancia global está en declive y las empresas presionan por eludir cualquier política fiscal progresiva.

La evolución del capital convierte el “pacto social” subvencionado en inviable, algo en decadencia que se traduce en la privatización de la sanidad, la educación y los derechos sociales más básicos. El peso del Estado se descarga sobre las familias, sobre otras redes informales y no-estatales. Un fenómeno que seguirá en expansión. La única salida para el capital es intentar nuevas rondas de “acumulación por desposesión”: expropiar y valorizar recursos comunes.

Merece la pena atender a la polémica entre sindicalismo de confrontación y sindicalismo de concertación, así como las críticas a la economía social y el cooperativismo —poco complacientes y realistas en relación con el modelo se subvención estatal—. Pero quizá lo más interesante sean las críticas a la “izquierda del capital” —la izquierda gestora— en su último avatar de “nueva política”. En un escenario como el dibujado, su único rol al apostar por una institucionalidad debilitada es la “gestión del desastre”. ¿Cómo implementar una nueva fiscalidad o una nueva redistribución cuando queda tan poco que repartir?

Vela no se hace ilusiones acerca de una clase media —fundamentalmente improductiva— a la hora de gestionar el Estado o entrar en conflicto con el capital —señala el 15M como una revuelta simbólica—. Pero lo peor viene de la “vieja Europa” y de los monstruos que pueden surgir al calor de los populismos de derecha, que comienzan a consolidarse en varios Estados. Conviene preguntarse si el capitalismo que viene necesitará de democracia o podrá declararse “iliberal”, como lo hace hoy Víktor Orbán en Hungría, convirtiendo los parlamentos en mera escenografía.

De ser así, asistiremos a la fragmentación “neofeudal” de una Europa infra-institucionalizada, un archipiélago de poderes en el que las regiones podrán tolerar régimenes de diferente naturaleza en su gestión política y económica. Algunos atroces. Intelectuales como Wallerstein han hablado de nuestra época como un punto de bifurcación, otros —como Wolfgang Streeck— como el inicio de un interregno cercano a la imagen hobbesiana del todos contra todos.

Si queremos sobrevivir al desastre, Corsino Vela nos da un consejo: apela a la necesidad de que la población proletarizada se autoconstituya en potencia colectiva bajo presupuestos verdaderamente antagonistas. Huyendo, eso sí, de arreglos simbólicos, discursivos y de interpelaciones grandilocuentes a las clases medias —tan terminales como los propios Estados o el capital en el sentido apuntado—. Dicho de otro modo: no puede haber buena gestión del colapso, la única alternativa realista es prepararse para la guerra. La realidad es la crisis.