Enterrado bajo numerosas discusiones sobre construcción de liderazgos, medios de comunicación, redes, márquetin político y grandes dosis de improvisación, yace uno de los problemas centrales de la apuesta municipalista: la cuestión de la organización. Durante la fase electoral el tempo convulso de las campañas parecía no dar tregua, y cualquier reflexión que se moviese un ápice del presente se antojaba tan inactual, como fuera de tono. Así, cuando se señalaban las contradicciones del poder institucional o se hablaba de la necesidad de construir un movimiento municipalista -condición básica para impulsar una política verdaderamente transformadora- las palabras caían en el vacío. Eran asuntos que “no tocaban” o que podían posponerse sin más; lo que apremiaba estaba en otra parte. Por supuesto, la cuestión orgánica -el viejo y recurrente problema del partido- ni siquiera contaba con mimbres para plantearse.

Después de las elecciones de 2015 y concluido por fin el “asalto” democrático a los municipios, los efectos de haber renunciado a un debate organizativo en clave colectiva no se hicieron esperar. El rápido desgaste de las “fuerzas del cambio” a golpe de guerra cultural – el caso Zapata, pero también el caso de los titiriteros, recientemente absueltos-, la reproducción de inercias y automatismos institucionales o la autonomización de los nuevos cargos respecto de sus asambleas, fueron consecuencia de haber desplazado sine die el problema de la organización. Por no hablar de la desconexión del nuevo municipalismo de los entornos movilizados, cada vez más patente. La política con mayúsculas adquiría repentinamente el tono gris de la gestión. Y las medidas más audaces y urgentes de los programas, desde la remunicipalizción hasta la creación de un parque público de viviendas, se daban de bruces con un espacio político renuente a los cambios.

No obstante, la falta de capacidad para abordar el problema de la organización, esto es, la construcción de un dispositivo orgánico más allá de la partitocracia al uso, quizá no fuese una mera renuncia o un error de previsión -aunque, en cierto sentido, no dejara de serlo-, sino más bien un límite objetivo y subjetivo. Un límite del sujeto político fraguado en el 15M, una clase media precarizada con vocación de mayoría social, y de su maquinaria de asalto electoral, anclados ambos en un paradigma más comunicacional (tan tecnopolíticamente innovador como tacticista) que militante y con visión estratégica. En cualquier caso, plantear la cuestión no resultaba fácil ayer ni tampoco hoy. La ausencia de referencias históricas próximas, la pérdida de formas de socialización política alternativas, tales como las de la cultura obrera, sindical o asociacionista, y el poco entrenamiento del 15M en las lides orgánicas -y no olvidemos que gran parte de su fuerza residió ahí- no jugaron nunca a favor de un abordaje mínimo del tema organizativo.

Sujetos, agencia, contrapoder

Por ser claros, el problema que se plantea actualmente, en un momento de impasse colectivo y de comienzo de un nuevo ciclo político, es el de cómo organizar una serie de “átomos dispersos” -por utilizar una metáfora tardía de Louis Althusser- que durante un tiempo formaron un “mundo” (un movimiento) y que hoy, en medio del tránsito por la instituciones, aparecen fragmentados y sin un relato común ni dimensiones orgánicas que permitan socializar entre ellos una estrategia política compartida. Lo que probablemente deberíamos descartar a estas alturas de la historia es el repetido meme del “partido-movimiento”, ya sea desde una perspectiva municipal o estatal: la realidad de la crisis y los límites del asalto han demostrado que tal hipótesis -que pudo materializarse en cierto momento- es hoy una quimera. Las “máquinas de guerra electoral” y el gobernismo se han cobrado ya su tributo. Da igual si inclinamos la balanza del lado izquierdista o del “neo-peronista”, el desgaste de la nueva política hace inviable este camino de manera inmediata -salvo, quizá, como sucedáneo discursivo-mediático-. La mejor estrategia para afrontar un ciclo de oposición, un ciclo que acusa la segmentación de los nuevos sujetos políticos y requiere una expansión del conflicto, es el contrapoder. Al menos si queremos producir transformaciones sustantivas. Pero no basta con decirlo.

Construir una estrategia de contrapoder pasa, para empezar, por establecer marcos de discusión y reconocimiento entre sujetos que operan en diferentes niveles, y cuya capacidad de agencia no es conmensurable. Descartada la tentación de la “mediación” institucional (escucha, diálogo, participación y otros eslóganes, etc.), tan políticamente improductiva como docilizadora, tendríamos que hablar de cómo articular una estrategia política entre distintos agentes que tenga como protagonista al movimiento. Porque será de ahí, y no de los despachos, los pliegos o las ordenanzas desde donde emergerá el antagonismo, la novedad y las posibilidades de concretar en la práctica los programas políticos municipalistas. Incluso de ir más allá, si se sabe aprovechar la inestabilidad de la crisis.

Recuperando la metáfora althusseriana de los átomos, el problema se plantea en términos de fragmentación y dispersión: nuevos cargos en las instituciones en posición de debilidad respecto del régimen, asambleas municipalistas heterogéneas -divididas entre la gestión, las intrigas palaciegas y los “desajustes” de la confluencia- y movimientos cada vez más replegados hacia sus propios espacios de lucha social, sin ningún tipo de interés en todo lo que huela a nueva política. ¿Cómo hacer que estos tres agentes puedan agregarse y componer una dinámica virtuosa de contrapoder? ¿Una dinámica que requiere tanto de diálogo como de conflicto, de cierta estabilidad al tiempo que tensión? Sea como fuere, desde el plano institucional y municipalista el reto es arduo: no se conseguirá interpelar al “afuera” ni establecer alianzas que fuercen las costuras de la institución sin romper con automatismos, asumir riesgos y hacer gala de coraje político. Y desde fuera sólo se logrará impulsar transformaciones explotando las contradicciones de la administración municipal bajo la forma del desborde.

Organización, autonomía y alianzas condicionales

Desde el punto de vista del municipalismo, mientras la gestión consuma la mayoría de los recursos -humanos, económicos- difícilmente podrá construir un tejido mínimo con el que operar a lo largo de estos escasos dos años. Salvo, por supuesto, en los sectores más gobernistas, que seguirán apostando por la ley del menor coste político, concetrando el poder en cúpulas y vendiendo gestos en lugar de medidas reales (al modo de una empresa de máquetin político). Si el municipalismo institucionalizado no comienza a trabajar sobre las realidades conflictivas de las ciudades, apostando, además, por una intervención de cuño activista -ayudando a generar un ecosistema movilizado- no sólo el músculo de la política municipal seguirá atrofiado, sino que el malestar y el aburrimiento social acabarán colonizando definitivamente las calles. Se trata, en cierto sentido, de “hacer partido” y generar red organizativa. De dar forma a una estructura híbrida que funcione, de nuevo, a través de lógicas más democráticas, horizontales y que no sólo “soporte” la tensión de los conflictos, sino que sea capaz de caminar hacia ellos y darles recorrido violentando el ámbito institucional.

El punto medular, y en esto es nítida la distancia con la concepción clásica del “partido-movimiento”, radica en la autonomía del movimiento, su protagonismo (un “leninismo social”, no de aparato) y en la importancia de la creación de espacios o dispositivos que permitan entrelazar distintas realidades -institucionales, activistas, ciudadanas-. Pero no de cualquier manera, sino en medio de una lógica de pugna política y conquista de derechos: por los problemas del urbanismo neoliberal, las desigualdades urbanas, el cierre de los CIEs, la lucha contra el securitarismo y el racismo, la defensa de los servicios públicos, la recusación de la deuda o los sangrantes problemas de vivienda, precariedad y exclusión. Se trata de que el origen de las decisiones políticas se socialice cada vez más, de que el movimiento sea quien dibuje la estrategia y dote de contenidos a una política que, concentrada en intrigas y problemas gestionarios, se ha vuelto cada vez más exangüe.

Como decimos, una apuesta interesante puede pasar por la creación de espacios sociales que caminen hacia una forma-organización: hacia un movimiento vertebrado por contrapoderes, cada vez más estables y orgánicos -en los barrios o en torno a conflictos específicos- dentro de una lógica que siempre estará sujeta a las turbulencias de un ciclo en crisis. Y, por supuesto, donde toda alianza se conjugará en tiempo condicional: cuando los cargos políticos del municipalismo se separen del movimiento, adaptándose al marco neoliberal o las inercias institucionales, el contrapoder estará ahí para enfrentarse a ellos. Del mismo modo que apoyará la valentía para implementar las medidas más potentes de los programas políticos. Esta puede ser otra forma de abordar el problema del partido en un momento en que la organización -social, política- se ha convertido en una de las cruces del municipalismo. Por otra parte, sin esa serie de “células” organizativas -y en este punto habrá que poner la imaginación política a trabajar a pleno rendimiento- las próximas oleadas de recortes podrían declinarse de manera reaccionaria. De construir organización en clave social y política dependerá el decantamiento de un ciclo que no verá el renacimiento de las clases medias, sino su final.

Un corolario federativo

Mucho se ha hablado de la necesidad de dar forma a un frente municipalista entre aquellos que apuestan -apostamos- por una transformación social sustantiva, una ruptura democrática, y no por una simple regeneración política de baja intensidad: esa suerte de neoliberalismo “social” con un rostro más humano y gestos amables. Está claro que para conseguir cambios efectivos en materias sensibles -vivienda, urbanismo, renta, deuda, derechos sociales- es primordial establecer un proyecto federativo, de manera que, además de presionar con más fuerza y en común, los conflictos puedan escalar y ocupar el centro de la agenda política del Estado. Pero para ello los municipalismos tendrán que construir un espacio compartido y organizado, tanto en sus propios enclaves específicos como desde una perspectiva federal propiamente dicha. Para lo que habría que producir herramientas comunicativas comunes -una estrategia comunicativa amplia con todas las herramientas disponibles, que permita dar una imagen/relato autónomo al movimiento municipalista y compartir recursos desde una perspectiva interna-, formas organizacionales experimentales (particulares, federales), es decir, espacios de formación, difusión de estrategias, y encuentro entre diferentes agentes; lugares que sólo pongan “en diálogo” realidades, sino que socialicen cada vez más los lugares de toma de decisión política. Construir un nuevo tipo de Centros Sociales, participar en diversas empresas de Sindicalismo Social y materializar medidas clave -realmente antagónicas- permitirán ampliar la conversación a otros sujetos políticos más allá de las clases medias, que ensancharán los marcos de lo posible. Como señalaba Althusser leyendo al viejo Epicuro, para que distintos átomos, en este caso realidades, se agreguen en un nuevo mundo -una organización, un contrapoder, una federación- hace falta un clinamen, un acontecimiento material que altere el orden de las cosas. Quizá la nueva tanda de recortes, la crisis, sea ese clinamen. Quizá no. Todo dependerá del grado de organización y estrategia que sepamos desplegar.

¿Pero cómo? Sobre todo esto y mucho más debatiremos en el #MakDos

 

Mario Espinoza (@MarioEspinozaP) | Instituto DM

Publicado en Diagonal el 17 de enero de 2017