“No se trata de un fantasma, es algo más material, más molecular, más consistente: la emergencia de una izquierda soberanista”. La cita es de Manolo Monereo y está extraída del prólogo a un libro polémico de reciente publicación en Italia –ahora también en castellano– La variante populista de Carlo Formenti, editado por El viejo topo. Monereo continúa: “Las poblaciones reclaman en todas partes lo mismo: soberanía, Estado, orden, protección, seguridad, futuro”. El abrumador avance de las políticas neoliberales, lo que Monereo llama el “momento Polanyi en Europa”, pretende resolverse a través de la política soberana. De nuevo, Estado vs. mercado.

El enemigo para Formenti, entendemos que también para Monereo (recuérdese, antiguo consejero áulico de Anguita, hoy de Pablo Iglesias, y diputado de Podemos), es la globalización, en su forma local, la Unión Europea. La discusión con Formenti, muy viva en Italia, merece algo más que una reseña. Merece, también en España, contribuir con aportaciones propias. La variante populista es solo uno de los muchos signos que van corrigiendo la dirección de la izquierda italiana hacia una renacionalización de la política. Otro ejemplo reciente es el del eterno comunista Domenico Losurdo, El marxismo occidental (2017), alegato a favor del marxismo oriental y su razón de Estado, que empujó la industrialización rusa y las luchas de liberación nacional de medio planeta. Su hermano occidental se quedó, para Losurdo, aislado socialmente, sumido en los sueños imposibles de su antiestatismo.

El libro de Formenti discurre de acuerdo con los patrones clásicos del polemismo político. Los capítulos se agrupan en una secuencia que arranca con el diagnóstico de situación (la globalización neoliberal), sigue con la crítica de las respuestas de tradicionales de izquierda (esto es, su incapacidad, cuando no su colaboración con la cultura política neoliberal) y acaba con una propuesta política, que el italiano ancla en el título del libro, La variante populista. El diagnóstico “Los dientes del capital” es rico en matices. Formenti describe la contrarrevolución neoliberal desencadenada con el ataque a los sindicatos de Reagan y Thatcher. Políticas de desregulación, primacía del sector bancario, crecimiento abrumador de las desigualdades. Pero el análisis no se detiene en la economía, el interés de Formenti se despliega sobre los cambios subjetivos, culturales y políticos de un orden nuevo, que describe como “postdemocrático” y “oligárquico”. El mandato neoliberal de organizar la economía y la sociedad según los mecanismos de mercado, imprime efectivamente una reducción de la democracia. El soberano se desplaza del trabajo al consumidor-elector; el Estado que queda impotente frente a la libertad de los agentes privados y de la que es su garante.

La digitalización no ha producido la esperada liberación de energías creativas, autorrealización y cooperación con el que suele engalanarse el discurso del emprendimiento y de algunas izquierdas

Formenti se ha dado a conocer en Italia como periodista, pero también por sus análisis de la cultura digital y de las formas de trabajo que tienen como base la red. Los títulos de algunos de sus libros hablan por sí mismos: Encantados por la red (2000), Cibersoviet (2008) o Felices y explotados (2011). En su último libro, Formenti se sirve de su bagaje previo para dar cuenta de la subjetividad neoliberal, lo que resume en una fórmula convertida en convencional: “el individuo convertido en empresario de sí mismo”. No obstante, ya en estos primeros capítulos presenta un avance de su crítica posterior. La digitalización no ha producido la esperada liberación de energías creativas, autorrealización y cooperación con el que suele engalanarse el discurso del emprendimiento y de algunas izquierdas. Sobre la base de distintos informes, Formenti resuelve que las nuevas tecnologías están produciendo la rápida amortización de millones de empleos tradicionales, pero también una suerte de nuevo taylorismo digital, del que empresas como Amazon resultan obviamente paradigmáticas. Igualmente, estas tecnologías y algunos de sus correlatos como la economía colaborativa, que explotan las posibilidades de internet para romper viejas formas de mediación económica, constituyen ejemplos típicos de autoemprendimiento. Al considerar casos como los de Airbnb o Uber se muestra una forma de condición precaria asalariada en el que el trabajador, bajo la figura cada vez más inasumible del “empresario de sí mismo” asume todos los costes sociales del trabajo. Aún más sombrío es el pasaje en el que se analizan los efectos políticos y subjetivos de la economía de la red y lo que constituye su principal fuente de alimento, los datos personales que a diario volcamos en nuestro móvil y en las redes sociales. La pérdida de intimidad se relaciona aquí con una desnudez que resulta pornográfica, al tiempo que produce individuos completamente transparentes las nuevas modalidades del poder digital.

Del diagnóstico se sigue la crítica política: “la eutanasia a las izquierdas”. Siempre según Formenti, la izquierda, en sus formas mayoritarias en Europa e Italia, ha sido primero derrotada y luego absorbida por la contrarrevolución neoliberal. La crítica se dirige en dos direcciones. La primera apunta a la socialdemocracia. Los argumentos son, en esta caso, convencionales. La socialdemocracia clásica, sistematizada por el SPD en Bad Godesberg, abandonó en los años cincuenta el horizonte de transformación socialista por la reforma redistributiva dentro de los marcos de la democracia y la economía de mercado. Desde finales de los años setenta, empieza a derivar, no obstante, en otra cosa. Esta otra cosa es el centro liberal que aspira a disputar a las derechas la gestión de la agenda neoliberal.

La otra dirección de la crítica también es convencional, pero más discutible. Formenti apunta a los movimientos sociales con sus agendas parceladas, centradas en la lucha por los derechos civiles y que, tomando la conocida distinción de Boltanski y Chiapello entre crítica social y crítica artista, sitúa claramente como herederos de la segunda. Como un espejo de la crítica neocon, Formenti reproduce la línea expositiva que expone cómo la cultura antiautoritaria de los años sesenta ha pasado a ser funcional a la subjetividad neoliberal de los noventa y las primeras décadas del siglo XXI: ese “capitalismo ‘izquierdista’ que suprime las barreras jerárquicas y liberaliza los estilos de vida individuales”. Según Formenti, la cultura política de los movimientos está empapada de mística neoliberal travestida en “horizontalismo”: el individuo como centro de la transformación, la centralidad de la sociedad civil y los derechos civiles, el rechazo de la mediación política, etc. Los manotazos del italiano se extienden en todas direcciones: contra el feminismo mainstream estilo Hillary Clinton, que renuncia a la crítica social y reproduce la ilusión de igualdad formal individual tan funcional al centro neoliberal; contra lo que llama la “retórica de los derechos” que deriva en una suerte de política blanda desprovista de mordiente social; y contra el ecologismo bienintencionado de los consumidores occidentales.

No obstante, la crítica de Formenti tiene un contrincante mucho más próximo. Bajo el epígrafe Archivar el obrerismo, se pueden leer medio centenar de páginas dedicadas a lo que hasta hace poco era la tradición en la que creció y se cultivó el propio autor. Formenti ha sido (es) militante de la izquierda radical italiana. El operaismo, o en su formulación más reciente el post-operaismo, concentra una variante intelectual del marxismo surgido en los años sesenta, que ya no se puede considerar específicamente italiana, pero que sigue teniendo en ese país a sus mejores exponentes. Esta corriente nació ligada a las luchas de fábrica del norte de Italia a mediados a los años sesenta y a su derivación posterior en las formulaciones de la autonomía obrera de los años setenta. En sus filas han militado nombres que Formenti conoce bien y que cita largamente en su ensayo: Fumagalli, Rullani, Mezzadra, Morini, Roggero, Negri o uno de sus grandes fundadores teóricos, el hoy senador Mario Tronti. Este último, recientemente invitado a España por el propio Pablo Iglesias, con el propósito de defender un giro político y biográfico que, a su modo (si bien se produjo a principios de los años setenta) se parece al de Formenti: el pasaje de las filas del operaismoa las de la estrategia nacional popular, que en los años setenta, en pleno renacimiento de la lectura de Gramsci, se articuló, tristemente, en torno al PCI de Berlinguer.

La impugnación del operaismo por parte de Formenti se quiere total. Su libro apunta a los conceptos originales de la autonomía obrera (método de la tendencia, composición de clase), pero la acusación se concentra en los desarrollos que Negri, Lazzaratto, Boutang y otros realizaran en la década de 1990, en el exilio parisino, alrededor de la idea del trabajo inmaterial, el general intellect y luego el capitalismo cognitivo. El segundo obrerismo italiano, conocido como postoperaismo y traducido al inglés de los ambientes académicos crítico como Italian Theory, comparte con el marxismo ortodoxo un error de código: un progresismo acrítico y optimista. Formenti resume lo que considera los rasgos elementales del delito teórico de sus viejos compañeros de viaje.

De acuerdo con un modo, que ciertamente es original de los operaistas, la potencia del trabajo vivo transmuta en la era digital en el trabajo cognitivo que coopera en red. Aquí los operaistas descubren, efectivamente, el embrión de un sujeto potencialmente anticapitalista. Pero Formenti pregunta ¿dónde está ese sujeto: en los knowledge workers del segmento de mayor cualificación? ¿O en la increíble cantidad de trabajo digital taylorizado? ¿O en el trabajo manual que se requiere asociado a las nuevas economías en red? Formenti concluye: la ideología de las fuerzas productivas del capital y su potencial emancipatorio parece haberse colado, una vez más, en el cuerpo de la crítica, incluso de sus representantes más radicales. Importa destacar, que aunque con muchos menos matices y sutilezas, en castellano se ha producido un amago de debate similar al que plantea Formenti. La incapacidad de la izquierda para salir de su marco tecnófilo y progresista ha sido tema central de distintos polemistas, como César Rendueles, Alba Rico o Carlos Taibo.

La crítica de Formenti es fuerte, a un tiempo iluminadora y tramposa. Una parte de la argumentación es conocida y ha sido contestada ya por los propios operaistas. Es el caso de la supuesta inmaterialización de la economía, pero que no se registra empíricamente en casi ninguna parte; una crítica contra la cual los defensores de la hipótesis del trabajo cognitivo reformularon su posición en clave mucho más amplia. El trabajo inmaterial se debía entender como el proceso de subsunción general de la subjetividad en los procesos de valorización de capital (“la vida puesta a trabajar”), que incluye los cerebros pero también los afectos y el cuerpo. Otro elemento de la crítica de Formenti está en la supuesta asimilación operaista de la posición clásica del progresismo de la ortodoxia marxista: el progresismo del capital, de ciencia y capital combinados como fuerza de emancipación. Pero lo cierto es que los atisbos del operaismo en este sentido son escasos. El método de la tendencia lejos de apuntar a la primacía del capital y su organización de las fuerzas productivas –el progresismo del capital–, apuesta analítica y políticamente a la potencia social, que en su resistencia a las subordinación productiva genera la reacción-innovación capitalista. Esta es la base del antagonismo.

Sea como sea, Formenti vislumbra un problema: el capitalismo cognitivo no ha producido una fuerza antagonista, simétrica en su resistencia-oposición a la nueva clase capitalista de la propiedad intelectual. Sin embargo, puede que este punto se resuelva menos en su esquema, que en las propias contradicciones del capitalismo cognitivo analizadas y destacadas por sus intérpretes operaistas. En el centro de la hipótesis del trabajo inmaterial se descubrían una serie de tensiones casi insuperables en el marco de una estrategia viable de ciclo capitalista. En la economía digital, en el trabajo en red, en el general intellect, los postoperaistas descubrían una monumental crisis de la ley del valor-trabajo, que clásicamente ha servido a los marxistas para hablar de plusvalía, valorización, etc. En términos más concretos, el capitalismo cognitivo viene asociado a una serie de problemas de realización. En líneas generales estos se pueden resumir en que la propiedad intelectual como norma se impone de forma casi siempre arbitraria, y a veces fallida; el control de una fuerza de trabajo se vuelve más difícil a medida que tiende a diluirse en miles de interacciones sociales; casi todos los segmentos tecnológicos (desde la investigación pública en el sector farmacéutico, hasta las empresas en red tipo Google o Facebook) requieren de una enorme cantidad de externalidades públicas y sociales, no siempre expropiables; los desacoples entre la velocidad requerida en la innovación para el lanzamiento de nuevos productos y el retorno de inversiones tienden a erosionar continuamente las rentas de innovación. El capitalismo cognitivo, a pesar de las enormes implicaciones que tiene el desarrollo de la digitalización, la red y, en un futuro, la inteligencia artificial está lejos de haberse convertido en un estrategia exitosa para el capital en general. La llamada cuarta revolución industrial no ha generado los impactos esperados en términos de empleo, inversión y retorno de capital que produjo la combinación de suburbanización, automóvil y equipamientos domésticos en EE.UU. y Europa entre 1945 y 1973.

El capitalismo cognitivo se ha convertido, por tanto, en una solución inviable a la propia crisis capitalista, que comienza a manifestarse en los años setenta. Por eso no tiene una respuesta “progresiva”. Formenti parece reconocer este problema, en ocasiones, salpicando su texto con citas de Arrighi y de Wallerstein. Incluso consigue escapar, por momentos, del esquema determinista de la financiarización como una respuesta política de las élites, para encontrarse con los problemas mayores de la acumulación de capital. La financiarización, la exuberancia de los mercados de capitales en todas sus formas (bonos de deuda, futuros, derivados,  valores de todo tipo) es el resultado de la huida del capital en dinero de ciclos de negocio que cada vez resultan menos rentables. La crisis del capitalismo industrial, incluida la prórroga china de las últimas décadas y que Formenti conoce bien, se ha desplazado en los actuales medios de financiarización de la economía. Nuestra coyuntura es la de esta crisis, de la cual, el capítulo de 2007-2008 no parece que vaya a ser el último.

Si Formenti hubiera asumido este punto de partida, con todas sus consecuencias, su argumentación hubiera sido, a buen seguro, más provechosa. Su crítica a la izquierda y al operaismo apenas recoge el contexto de esta crisis, solo de sus efectos más superficiales del neoliberalismo como lucha de clases “desde arriba”. Caso de asumir la crisis histórica de acumulación, hubiera encontrado rápidamente la causa del fracaso de la vieja asociación operaista entre movimiento de clase e innovación capitalista.

El capitalismo cognitivo, como el capitalismo verde por otras razones, sencillamente no es viable. En clave estrictamente local, los efectos materiales de esta afirmación se hicieron evidentes a partir de 2008-2009 cuando la emergente industria cultural española perdió rápidamente toda su cobertura de vanguardia y futuro, a medida que el caño de dinero (vía contratos, subvenciones y trabajos) se iba secando por la ruina de los promotores y las administraciones públicas. Buena parte de la clase creativa española, término prestado del sociólogo estadounidense Richard Florida y con el que a Formenti le gusta jugar, se vio empujada entonces al paro o a la emigración. Para muchos trabajadores creativos, la inversión en “cultura”, quedó claro, era sólo un activo más del burbujeante mercado inmobiliario español. El esqueleto del medio centenar de museos de arte contemporáneo construidos en España entre 1997 y 2007 permaneció en barbecho hasta la reciente reactivación del sector turístico.

La ausencia de otras perspectivas no está justificada, en la medida en que el propio relato legitimante del MAS y de Podemos ha sido siempre en relación y contra sus críticos externos e internos

En la última parte del libro de Formenti uno espera la culminación de toda la argumentación previa: el desembarco triunfal en una defensa de una estrategia nacional popular. El resultado es, sin embargo, decepcionante. Tras una revisión de los textos de Laclau, a la que añade, sin que se acabe de resolver del todo, la necesidad de recuperar al Gramsci de la hegemonía de clase como núcleo del nuevo bloque histórico, se da paso al análisis político propiamente dicho. El autor recorre los principales capítulos del ciclo político latinoamericano (Ecuador, Bolivia, Venezuela) y de los desarrollos occidentales con especial atención a Podemos y el M5S. Aquí, no obstante, salvo para el caso italiano, las fuentes de Formenti no son lo suficientemente variadas como para ofrecer una exposición sistemática. En los casos, por ejemplo de Podemos y Bolivia, se limitan básicamente a  los propios líderes intelectuales de las respectivas experiencias (Linera para Bolivia y Errejón, Monedero y Monereo para el caso de Podemos). El resultado es que el recorrido de Formenti carece de la agudeza de otros capítulos. A veces se limita a ser un resumen de lo que dicen estos líderes. La ausencia de otras perspectivas no está justificada, en la medida en que el propio relato legitimante del MAS y de Podemos ha sido siempre en relación y contra sus críticos externos e internos, pero que provienen de su mismo campo político, esto es, que participaron en el movimiento de impugnación que llevó al Gobierno de Evo y que empujó el 15M y luego a Podemos.

Mérito, sin embargo, de Formenti es que no se deja seducir del todo por las revoluciones bolivarianas, y en lo que se refiere a las experiencias europeas, apenas puede contenerse para pasar directamente y de nuevo a la crítica. El motivo de la acusación (por ejemplo a Podemos) es que su reformismo, de inspiración keynesiana, apenas se atreve a poner en cuestión la Unión Europea. Para Formenti las experiencias europeas no han sido la consecuencia de una verdadera ruptura populista (“crisis de gobierno, pero no de Estado”) lo que deduce también sus límites. El propósito de Formenti parece pasar por una rearticulación de una política nacional-popular. La base del proyecto estaría en los sectores bajos de trabajo cognitivo, los precarios, los migrantes, los excluidos. Según la bonita metáfora tomada de Aldo Bononi (La societá circulare), la izquierda debe virar de orientación. En adelante, el foco de su preocupación deberá estar en la “comunidad del rencor” (los excluidos de la globalización) , y no tanto en la “comunidad el cuidado” (trabajadores del Estado del bienestar) y la comunidad hacendosa (la clase creativa). La crítica al operaísmo y su asociación entre desarrollo del capital y formación del sujeto antagonista está permanentemente bajo el ojo crítico de Formenti.

Esta atención a las estratificaciones internas del “pueblo” no acaba, sin embargo, de tener la congruencia requerida con su apuesta nacional-popular. Formenti emplea una imagen crítica de la globalización, que opondría los lugares (y aquellos que están fijos y sometidos) a los flujos (el capital en dinero y la clase global). Pero ¿tienen los deseos de Formenti algo que ver con las experiencias que analiza en Europa y para las cuales está escrito este ensayo? ¿Es el pueblo bajo, hecho de migrantes, de mujeres, de población excedentaria, y por tanto racializado, feminizado y excluido, el que puede servir de articulador de una estrategia nacional popular? ¿Sirve tal estrategia en las grandes metrópolis europeas cada vez más complejas y mestizas? ¿Y en las regiones marginales de la propia Europa, en las que los “perdedores” de la globalización tienen mayor homogeneidad cultural, y por eso son también más tendentes a formas de articulación nacional sobre la base de las tradiciones excluyentes, cuando no imperiales y racistas de sus respectivos Estados? ¿No es el FN francés o la AfD alemán la verdadera encarnación del proyecto nacional popular en Europa, y a la vez son del todo contradictorios con la composición mestiza del pueblo a la que aspira Formenti? ¿Puede la forma del discurso populista combatir en el mismo terreno de lo “nacional” en el que opera la nueva derecha sin producir la relegación de los segmentos más excluidos de este proletariado mestizo? Existe un obvio problema de “unificación del pueblo por abajo”, sobre la base de los proceso de mundialización capitalista de los últimos cien años y que ha hecho estallar las formas de “lo nacional”, precisamente en los centros de mando de la acumulación capitalista, las ciudades globales en las que la polarización social entre oligarquía y “pueblo” se apura hasta el límite.

En contra de los deseos de Formenti, la unificación popular que, de forma limitada, han articulado Podemos y M5S tiene su base política en las frustraciones de la clase creativa, los segmentos profesionales proletarizados, la clase media en descomposición, más que en los marginados de la globalización financiera. Formenti así lo reconoce para el caso italiano, que conoce bien. El ciclo en Europa ha sido protagonizado por los “semimóviles” no por los “fijos”, que todavía podían representar la idea de una reforma política en clave meritocrática: condena de la corrupción, participación institucional, transparencia… Ningún componente de este segmento social es claramente anticapitalista. Queda un largo camino para rearticular una política de clase que sea capaz de asumir el reto que subyace al problema de Formenti. Un camino que deberá tallarse sobre el material duro de la crisis a largo plazo de la acumulación capitalista y el descolgamiento social de grandes masas de población en los países occidentales

Un último problema que Formenti no aborda, pero está inscrito en la deriva nacional popular de buena parte de la izquierda italiana (y española) es el del Estado. Viejo problema pero que resulta del todo imposible de abordar, en las condiciones actuales, sobre la base de la oposición entre mercado y Estado. Para la nueva izquierda soberanista la ilusión de gobernar consiste en aplicar, como mínimo, un programa de políticas redistributivas y de regulación de los mercados globales. No otra dirección tiene el debate sobre el euro y la recuperación de la soberanía sobre la moneda. Pero este es quizás el gran fallo argumental de la nueva izquierda soberanista, a la que Formenti aspira a incorporarse.

Supongamos que esta estrategia es viable y que se puede sortear el problema político inscrito en las instituciones de Estado. Esto es, que las instituciones de Estado sean realmente neutras en términos políticos, y que la escalada de poder institucional no entrañe la consiguiente degradación y asimilación oligárquica descrita desde hace ya más de un siglo. De todos modos, nos seguimos quedando petrificados ante la simplificación de la oposición entre Estado y mercado.

La llamada globalización no ha supuesto una marginación del papel protagónico del Estado. Antes al contrario, las políticas de desregulación financiera han tenido desarrollo por medio de un papel activo del Estado

La llamada globalización no ha supuesto una marginación del papel protagónico del Estado. Antes al contrario, las políticas de desregulación financiera han tenido desarrollo por medio de un papel activo, muy activo, del Estado, que ha acabado también por definir las estructuras de Estado. Se pueden mencionar rápidamente los trabajos de Harvey sobre la geografías capitalistas (que Formenti conoce), o los de Jessop sobre el nuevo Estado competitivo (a la búsqueda de explotar la ventajas territoriales en la dinámica de flujos globales), o los de Sassen sobre los ensamblajes globales entre territorio, autoridad y derechos. Bajo cualquiera que sea la perspectiva, la oposición entre Estado y mercado se disipa rápidamente en un conjunto complejo de articulaciones y vínculos entre ambos polos, que sólo se podrían quebrar con grandes costes políticos.

El debate sobre el euro y Europa que nos trae Formenti, y en realidad toda la retórica soberanista, es, por eso, una discusión fundada sobre una falsa polaridad y una promesa con poco fundamento: de forma resumida, que existe una vía anticapitalista, o al menos reformista radical, en el retorno a los viejos Estados nación de las décadas de 1950-1980. Una lectura del ciclo político latinoamericano nos ofrece la conclusión contraria. El balance actual de los gobiernos progresistas resulta especialmente negativo en un doble aspecto. De una parte, acabaron por imponer la lógica de Estado, incluso represiva, sobre las propias instituciones comunitarias y de poder popular que se crearon en el movimiento de luchas contra el neoliberalismo. De otra, a nivel internacional, la oportunidad de estos gobiernos se cifró en la alta demanda de materias primas y material energético generada por la expansión de los años dos mil de las economías del Pacífico asiático. La incapacidad de generar modelos de desarrollo a escala regional (lo que podríamos llamar una globalización propia) ha hecho de los gobiernos latinoamericanos prácticamente mono-dependientes del modelo extractivista, en el cual se basan sus políticas redistributivas. A la postre, estos gobiernos se han convertido en lo principales interesados en un modelo económico que, a medio plazo, les ha subordinado políticamente, al tiempo que les va relegando a una posición no muy lejana de los viejos términos que empleaba Gunder Frank cuando hablaba de lumpen burguesía.

En una clave mucho más cercana, Europa no es un espacio que se determina a voluntad de los “pueblos”. Es una estructura material inscrita hasta en el último rincón de nuestras sociedades. Las especializaciones económicas de cada uno de los países, su posición en la división internacional del trabajo, la estructura social y las propias formas de redistribución interna, también sus estructuras políticas, están determinadas de forma primaria, no secundaria, por la escala europea que  constituye a cada una de las provincias del continente.

Europa es, sin duda, una forma histórica contingente sujeta a tensiones y contradicciones gigantescas pero que requieren, para su transformación, de fuerzas de igual naturaleza y fuerza que aquellas que las sostienen, y que no se pueden articular a una escala nacional-estatal. Por eso, Formenti apenas nos puede ofrecer mucho más que la izquierda que crítica. Sin ser capaz de ponerse de pie sobre la crisis de acumulación, convertida ya en crisis civilizatoria, nos ofrece una intuición provechosa: el punto político caliente y frágil de la actual crisis, a medio plazo, son los marginados y excluidos, no los semipriveligados que cada vez lo son menos. Pero su propuesta, la de constituir una izquierda soberana y nacional-popular, la “variante populista”, apenas es una quimera que tenga nada que ofrecer para afrontar esa realidad.

 

Emmanuel Rodríguez (@emmanuelrog)

Publicado en CTXT el 15 de enero de 2018