“Quiero defender a las mujeres francesas”. Esta es una frase de Marine Le Pen, líder del Frente Nacional –FN–, partido de extrema derecha que llegó a la segunda vuelta de la presidenciales este año. Defender a las mujeres significa aquí defender a las “auténticas francesas” –nacidas en suelo francés, blancas, no judías ni musulmanas.

¿Y qué amenaza a las mujeres occidentales? Le Pen lo tiene claro: el fundamentalismo islámico. Los ultras renovados no son abiertamente racistas, no hablan de superioridad de unas culturas –o religiones– sobre otras, ni de razas. Su racismo es vehiculado a través de una acérrima defensa de los valores republicanos y del laicismo. Y su “feminismo” está al servicio de un rechazo a los musulmanes a través de una asociación entre islamismo y fundamentalismo. Un ejemplo práctico: el papel de Le Pen pidiendo un referéndum para impedir que siguiesen llegando refugiados, después de los asaltos sexuales en Colonia a principios de año de los que se culpó a este colectivo. “Temo que la crisis migratoria señale el comienzo del fin de los derechos de las mujeres”, escribió.

Este enfoque le sirve al FN para defender la prohibición del velo, la construcción de mezquitas y para confrontar al “enemigo de la civilización occidental”, tan útil para la construcción identitaria de lo francés y que tan buenos resultados da en las urnas: 7,7 millones de votos en la primera vuelta de las presidenciales, el 21,43% de las papeletas. Nunca antes el Frente Nacional había obtenido esa cantidad de apoyos.

Una buena parte de la extrema derecha, sobre todo la que cosecha éxitos electorales en Europa, ha cambiado mucho desde la emergencia del fascismo y el nazismo en los años 20-30 del pasado siglo, y ha hecho esta transformación con mujeres al frente y en gran medida gracias a nuevos enfoques de los temas femeninos. El fascismo se renueva –se “feminiza” podríamos decir, si con ello queremos hablar de la visibilidad de las mujeres en los partidos– y lo hace para adaptarse a los nuevos tiempos y preocupaciones.

Además de Marine Le Pen –y su sobrina Marion Marechal–, los partidos ultras tienen muchas mujeres en primer línea. La noruega Siv Jensen encabeza el Partido del Progreso, Pia Kjærsgaard es una de las confundadoras del Partido Popular Danés y Alternativa para Alemania llevó a Frauke Petry como cabeza de lista hasta hace muy poco. Este partido además, en la actualidad tiene a una diputada y responsable de cuestiones económicas que es abiertamente lesbiana y feminista: Alice Weidel.

En realidad, todas podrían encarnar valores similares a los defendidos por un tipo de feminismo, el neoliberal, que autoras como Nancy Fraser critican: meritocracia, emprendedurismo e igualdad de oportunidades. Mientras los partidos y organizaciones que representan estas políticas alientan medidas y valores abiertamente reaccionarios. Incluso muchas veces, apoyan medidas contra los derechos de las personas LGTBI –como el matrimonio igualitario– o los derechos reproductivos de las mujeres.

Todas ellas están contribuyendo a cambiar la imagen y el estilo de la ultraderecha europea, a hacerlo más aceptable para la mayoría o, al menos, a atraer a más mujeres, incluso a jóvenes. Sin duda, una de las claves del éxito del resurgimiento de la extrema derecha en el continente. Al menos, de una parte. Como fenómeno relativamente novedoso y en evolución, no sabemos cuál será la forma definitiva que adoptará. Pero es un tema clave sobre el que vale la pena reflexionar porque en muchos países, aunque los ultras todavía no ganen elecciones, sí consiguen determinar la agenda de un manera clara, incluso moviendo las posiciones de otros partidos –no necesariamente de derechas– sobre temas clave para los derechos humanos y la propia definición y existencia del proyecto europeo.

Un campo diverso

El ámbito de la ultraderecha es diverso y sus formas concretas dependen de los contextos nacionales, por lo que resulta difícil generalizar. Por ejemplo, no es lo mismo cómo trata la situación de la mujer el neonazismo –que se reclama heredero directo del fascismo clásico y que en general, adopta sus marcos ideológicos–, que la nueva extrema derecha europea que se distancia explícitamente de ellos para hacerse más aceptable en sociedades que han cambiado profundamente.

Por no hablar de las diferencias que encontraríamos con la nueva extrema derecha norteamericana –Alt Right– que apoya a Trump, donde una de sus corrientes, la Breitbart, ha hecho bandera explícita de la lucha contra los derechos de la mujer y del propio feminismo. Esto en un país donde los temas feministas han tenido cierto peso en la agenda pública, debido a que la “nueva izquierda” abandonó el socialismo mayoritariamente para adoptar como eje fundamental la lucha por los derechos de las minorías. Como explica Marcos Reguera, esta innovación les aleja de las posiciones del fascismo tradicional que era machista, pero no hacía de eso su principal bandera, que en cambio era el racismo. Tal y como lo sigue siendo para los neonazis y la Alt Right dura. Así, como le separa de Le Pen y el resto de la nueva extrema derecha europea.

Neonazismo y neofascismo

El neonazismo, neofascismo o la ultraderecha sin renovación, no esconde su continuidad histórica con los movimientos de masas del pasado siglo que celebraban un cierto tipo de masculinidad como uno de sus ejes identitarios. En el fascismo clásico se desplegó una cultura de la virilidad de carácter militarista donde el “hombre ciudadano” se entendía como “hombre soldado”.Y como contrapartida, se apostaba por relegar a la mujer a un papel subordinado desde una posición de defensa de las estructuras sociales tradicionales y de la familia.

Esta ultraderecha tradicional que exalta los valores del hombre-soldado es la que está subiendo puestos en países del Este, en partidos como Jobbik en Hungría o Amanecer Dorado en Grecia, que también están consiguiendo importantes avances electorales. En realidad, poco que ver con una Lepen o una Weidel con estilos, discursos y temáticas diferenciadas.

La ultraderecha renovada

Lo que diferencia a la extrema derecha actual en Europa occidental con respecto al neofascismo es un cambio de discurso donde se produce una redefinición de su ideario en términos postmodernos. En unas sociedades que han sido transformadas por las luchas por los derechos civiles, donde las conquistas por los derechos de la mujer son mayoritariamente aceptadas, la ultraderecha está obligada a cambiar sus postulados si quiere prosperar.

Al igual que sus homólogos norteamericanos, su novedad proviene de que adaptan las teorías de la izquierda –sobre todo de las conquistas de los movimientos post mayo del 68– a los moldes de la extrema derecha. Esto supone copiar el esquema de pensamiento y discurso de la nueva izquierda, para adaptarlo a su marco ideológico para ser más competitivos electoralmente.

En este sentido, la posición respecto a los temas feministas –derechos reproductivos, desigualdad laboral, etc.– en la extrema derecha europea varía según los países. En general dependen de la configuración interna de los propios partidos donde siempre se tienen que producir negociaciones con los sectores más tradicionalistas. Así como de la capacidad de establecer una cierta hegemonía de los feminismos existentes. Por ejemplo, en Escandinavia, la posición de la extrema derecha hacia la mujer es mucho más avanzada y cercana a un feminismo liberal, por presión política y cultural del entorno.

En el caso de Francia, la transformación del FN se produjo tras el ascenso de Marine Le Pen que asegura haberse apartado de una línea más “tradicionalista” y católica. Hace unos años, criticaba los abortos realizados “por comodidad”, sin embargo hoy esquiva el tema. De hecho, ha sostenido una contienda al respecto con su sobrina Marion Marechal que representa al ala dura del partido y que es contraria al aborto. Además, Le Pen, como hemos visto, adopta el discurso de la defensa de los derechos de la mujer como pretexto de su islamofobia, lo que le funciona para conseguir voto femenino que ha aumentado considerablemente respecto al del FN original.

Es posible que una parte de la extrema derecha europea siga reivindicando la maternidad y el hogar como destinos “de la mujer” contra algunas conquistas del feminismo. Sin embargo, la nueva ultraderecha lo hace con nuevos argumentos. Por ejemplo cuando usa la propia tradición teórica o los debates dentro del feminismo como hace Alain de Benoist, uno de sus intelectuales. “Hay un buen tipo de feminismo, que llamo feminismo identitario, que trata de promover valores femeninos y mostrar que no son inferiores a los masculinos”. Para Benoist, se tiene que afirmar la igualdad de la mujer partiendo de una desigualdad esencial. “No somos iguales pero valemos lo mismo”, dicen los jóvenes neonazis del Hogar Social de Madrid. Aquí usan argumentos de un feminismo esencialista de la misma manera a cómo hacen con la raza o la cultura: “somos de diferentes culturas, respetemos las diferencias” –que lleva implícito un “como somos distintos, cada uno en su país”. En este caso, los argumentos “feministas” no se utilizan para reivindicar más igualdad o más derechos, sino para dejar a cada uno en su lugar, incluso si eso significa un papel subordinado. Ya que somos diferentes, valoremos las cosas “de las mujeres”: la maternidad, el cuidado del hogar… o “las mujeres no tienen que asumir roles masculinos y competir con ellos”. Es decir, argumentos que en realidad maquillan su racismo y su machismo. La ultraderecha es supremacista, abomina de la igualdad.

Los partidos de ultraderecha renovada son un fenómeno nuevo en la política europea y están basados en las nefastas consecuencias sociales del envite neoliberal que han puesto en crisis a las izquierdas europeas. Las fuerzas progresistas necesitan un nuevo modelo conceptual que les permita ofrecer respuestas a la altura. Estamos en un momento de transición histórica. A la derecha liberal –ahora neoliberal– le llevó 40 años reinventarse, y la nueva ultraderecha es producto de 30 años de redefinición. La izquierda parece que apenas ha empezado a actualizar sus postulados y está encontrando algunas dificultades para ello. Adoptar un feminismo antirracista radicalmente igualitario dirigido a todas y no solo a las que tienen posibilidades de romper “el techo de cristal” podría ser un buen comienzo. Así como incidir en las luchas materiales de las que menos oportunidades tienen, de las que están obligadas a dedicarse al cuidado y que tampoco encuentran oportunidades fuera del hogar porque ahí solo les esperan los peores trabajos. Porque, y aunque pueda parecer paradójico, ¿acaso no son ellas unos de los principales objetivos de los partidos ultras?

 

Nuria Alabao (@nu_alabao)

Publicado en CTXT el día 6 de diciembre de 2017