Lo último que uno esperaría leer de un concejal del «cambio» –el concejal, además, de Puente y Villa de Vallecas– es un artículo criminalizador, racista y reproductor de estereotipos sobre los manteros de Madrid. Está claro que el gobernismo produce monstruos. Monstruos cada vez peores. El último comunicado de Ahora Madrid sobre el affaire mantero intentaba el triple salto mortal de quedar bien con todo el mundo –vendedores ambulantes, policía, comerciantes, el imperio de la ley y esa ficción útil del «ciudadano medio»–, pero el concejal de Vallecas ha decidido ir más lejos y regalarnos una pieza de mal gusto que destaca lo peor del comunicado previo. O, más bien, sus consecuencias lógicas.

Ya no se trata sólo de respaldar con el lenguaje de la institución una estrategia punitiva sobre los manteros, apelando a las «mafias» y disfrazando la medida de «intervención social», sino de justificarlo desde el punto de vista de la ciudadanía. Porque, según Francisco Pérez, serían los ciudadanos quienes con sus quejas sobre «calles y plazas invadidas de manera caótica y arbitraria» (sic.) estarían denunciando la situación. Sin embargo, las intervenciones policiales en materia de delitos sobre la propiedad intelectual han caído en el primer semestre de 2016 un 30% respecto al año anterior. Por tanto, difícilmente puede hablarse de un incremento del comercio ambulante. Lo que probablemente haya aumentado sea la presión de los lobbies interesados en expulsar a los manteros de las calles. Y, desde luego, lo que ha disminuido a todas luces es el coraje político para comprometerse con la justicia social.

Así, el llamado «gobierno para todos», esa mentira que intenta hacer pasar la institución por un espacio neutral, acaba convirtiéndose –y a toda velocidad– en el «gobierno para los de siempre». Porque, al final, la estrategia anti-mantera no es más que una operación de marcaje policial sobre sujetos racializados a quienes se niega la condición de ciudadanos, el eslabón más débil en la materia de derechos dentro de la sociedad española.

En este sentido, no deja de llamar la atención el comentario sórdido y preciosista de Pérez sobre la globalización, aquel en que termina hablando de los manteros como seres exóticos que traen a occidente «formas de comercio al por menor presentes en culturas milenarias». En lugar de preguntarse por qué un senegalés sin papeles tiene que echarse la manta al hombro todos los días, evitando deportaciones, CIEs y redadas, convierte su oficio en una suerte de «atributo natural». Y lo hace sin pararse a pensar que no puede dedicarse a otra cosa en una sociedad que no le reconoce como sujeto de derecho.

Tampoco la comunidad latinoamericana sale muy bien parada en el texto del concejal, por cierto, enfrentada al comercio «autóctono» por sus prácticas de menudeo y venta en los bulevares de Vallecas. Sí, en Vallecas: probablemente uno de los barrios más multiculturales –además de obrero– del municipio de Madrid.

Por si el sabor colonial y estigmatizador de los comentarios no era suficiente, Francisco Pérez cierra su texto a lo Margaret Thatcher con un «no hay alternativa»: «Quienes tenemos responsabilidades de gobierno, no tenemos otra opción que cumplir la ley y hacer que se cumpla mientras esté vigente». A esto se ve reducido el compromiso de un político con el proyecto de transformación social por el que fue elegido.

Alguien debería escribir algún día un manual sobre eufemismos y dedicarle un capítulo entero a la expresión «responsabilidad política». Lo admite todo. En este caso, el inmovilismo más absoluto y una desastrosa falta de iniciativa ante la desigualdad social. Lo peor de todo es que buscando la «transversalidad» y el beneplácito de la clase media, un concejal ponga a los manteros en el punto de mira de un diario de gran tirada, fomentando así uno de los sueños anhelados por el neoliberalismo: enfrentar a quienes menos tienen y regalar el sentido común a un capitalismo cada vez más securitario y segregador.

Si no se tiene el coraje para desobedecer al menos podría tenerse la decencia de luchar, de entrar en conflicto y demostrar que nos tomamos en serio eso del cambio. Porque si no ¿Para qué hemos llegado a las instituciones? ¿Para gestionar la miseria y ceder entre aspavientos ante la más mínima presión?

 

Mario Espinoza (@MarioEspinozaP), miembro del Instituto DM

Publicado en Diagonal el 3 de septiembre de 2016