Cinco años después, la referencia al 15M de las nuevas formaciones políticas es una constante. Especialmente tras el surgimiento de Podemos y el éxito de las candidaturas municipalistas, lo que podría hacer creer que el movimiento se ha institucionalizado o ha alcanzado las instituciones. Craso error. Por más que nos reclamemos de esos orígenes, un partido político como es Podemos y unos grupos municipales como los que gobiernan las ‘ciudades del cambio’ están muy lejos de las prácticas asamblearias y de autogobierno de las plazas.

Lo que sí es cierto es que esas nuevas experiencias están abriendo un nuevo ciclo. Está por ver si habrá ‘gobierno del cambio’ o nuevas elecciones –que poco cambiarán el panorama general– pero, en todo caso, un ciclo político se está cerrando. Se cierra el ciclo del bipartidismo de la Transición y se abre un periodo, todavía incierto, en el que nuevas formas de hacer política se van imponiendo con muchas dificultades. Esas formas arrancan, en mayor o menor medida, de la sacudida que representó el 15M.

Pues bien, esas nuevas formas no consisten solamente en caras nuevas y cuerpos jóvenes –eso sería muy poco cambio–. Implican una nueva manera de relacionarse con el poder, eliminando el gusto ancestral del ejercicio del poder por el poder e inaugurando una política comprometida con el control ejercido por los gobernados. Sólo esto podrá protegernos de los viejos vicios.

Hay una constante en la política española de los últimos cuarenta años: los partidos que acceden al poder y que perduran en él, acaban siendo devorados por la corrupción. Le pasa al PSOE, con los múltiples casos en que está implicado como Filesa, Matesa, Roldán, ERES y otros; y le está pasando al PP con la Gürtel, Bárcenas, la operación Púnica, la Taula, etc. Incluso partidos más pequeños como IU no han podido escapar a este demonio.

Las formaciones políticas surgidas al calor del 15M creímos haber encontrado un antídoto contra ello: se llama código ético y carta financiera. Se añade a estos dos la elaboración colectiva del programa por medio de la participación activa de los afectados, todo lo cual nos parecía arsenal suficiente para llegar a las Instituciones y no ser devorados por ellas. Ligadas a una última: la reprobación y la exigencia de dimisión en caso de no cumplir con lo firmado.

Pero desgraciadamente estas cautelas están resultando insuficientes. Algunos de los y las electas manifestaron desde el primer momento su nula voluntad de atenerse a los criterios colectivos plasmados en aquellos documentos y hacer caso omiso de las limitaciones impuestas por ellos. La distancia frente a los gobernados que se adquiere al instalarse en el poder permite que los y las elegidas se sientan protegidas frente a la injerencia de sus antiguos compañeros. Añadamos que la práctica de la política institucional en un entorno escasamente crítico no solo valida estas actuaciones sino que en cierto modo las considera consustanciales al ejercicio de la política: es una muestra de madurez olvidarse de los sueños horizontales cuando uno llega al poder. Este exige un fuerte poder de mando que se conjuga difícilmente con las ensoñaciones de horizontalidad.

Pero no toda la cuestión radica en la dificultad de cumplir con las limitaciones autoimpuestas. Los papeles firmados tienen poco peso en ausencia de una fuerza organizada que los haga cumplir. Y ésta no puede ser una ciudadanía fragmentada y aislada que sólo sirve como base de masas. A mi modo de ver éste es el déficit básico del así llamado “populismo” que, al centrar la constitución del ‘pueblo’ en la palabra del líder, le quita consistencia propia y lo hace dependiente de aquel discurso. Un pueblo que actúe de esta guisa nunca podrá oponerse, con capacidad de hacerse oír, a un líder con oídos sordos.

Además de una población movilizada, necesitamos un tejido político con capacidad y envergadura, que vaya más allá de los viejos partidos, con sus estructuras burocráticas, masculinas hasta decir basta, jerárquicas y clientelistas. Necesitamos organizaciones capaces de hacer cumplir los mandatos de la ciudadanía.

Esa organización debe ser distribuida y estar entretejida con núcleos ciudadanos de diverso tipo. Puede tener una vertiente virtual importante pero debe contar con una cierta estructuración que obligue a la rendición de cuentas. Es erróneo pensar en un híbrido partido-movimiento en el que el núcleo central que toma las decisiones se considera intérprete de un movimiento mucho más amplio cuyas relaciones con el primero no están estructuradas sino que oscilan en una profunda indefinición. Ese modelo propicia relaciones poco controladas desde la base pues mantiene una dinámica jerárquica que, bajo el espejismo de la fluidez y la fuerza carismática de la cúpula, propicia comportamientos clientelares.

El ejercicio del poder no puede dejarse en esa indefinición pues, de hacerlo así, será subyugado por los poderes económicos y políticos realmente existentes sin que ni los afiliados, ni los simpatizantes ni los votantes tengan capacidad para impedirlo. Con eso empieza la corrupción que en nuestra sociedad es sistémica: sustrae la capacidad de decisión a los gobernados, la concentra en un sector específico, lo aisla y lo captura. En un proceso de meses o de años, quienes vinieron a transformar las instituciones se convierten en los garantes de su perpetuación. Una vieja historia que se repite y que se denomina “el paso al pragmatismo y al realismo político”. Bienvenidos al mundo real, por fin nos hemos hecho mayores.

Las opciones políticas surgidas del 15M no deben hacerse mayores en este sentido. Pero deben crecer en otro: en el de crear una organización horizontal, reticular y profundamente democrática que sea capaz de controlar a sus cargos institucionales y exigirles el cumplimiento de las condiciones que acompañaron el lanzamiento de las candidaturas: programa, código ético y carta financiera. Esas son parte de nuestras señas de identidad frente a la vieja política y garantía de que cumpliremos el compromiso de lealtad empeñado en la toma de posesión: Omnia sunt communia, todo es de todos, todo es común, en primer lugar el poder y la capacidad de tomar decisiones.

Montserrat Galcerán

Publicado en Diagonal el 30 de Abril de 2016