Vientres de alquiler, venta de niños, mercado de bebés, incubadoras humanas, granjas de niños y hasta los más neutrales, gestación subrogada o maternidad por sustitución, son términos que recientemente han servido de espadas dialécticas. Este es uno de los temas más polémicos de los últimos tiempos.

Para la mayoría del feminismo, incluso me atrevería a decir que también de la sociedad española, hay consenso en que la ley que propone Ciudadanos no garantiza suficientemente los derechos de la mujer gestante. El punto más polémico parece ser aquel que, como todo intercambio mercantil, defiende a los “propietarios” del feto y que impediría a la mujer arrepentirse durante el proceso y abortar, o incluso quedarse con el niño tras el parto. Es decir, que, mediante un contrato, podríamos estar renunciando a lo que ha costado tantos años de lucha grabar en el imaginario colectivo: “Nosotras parimos, nosotras decidimos”.

Dentro del feminismo, este tema ha polarizado las posturas de la misma manera que lo hace el trabajo sexual. Así, la mayoría de las que están a favor de algún tipo de regulación de la prostitución se han mostrado favorables a la gestación subrogada y viceversa. Eso, con todos los matices y gradientes de cuestiones que, evidentemente son muy complejas. Sin embargo, el movimiento está feroz y pasionalmente dividido respecto al abolicionismo, y este caso amenaza con enquistar los debates de la misma manera. ¿Pero estamos ante cuestiones equiparables?

Aquí unas ideas para pensar la cuestión intentado no cerrarla, sino dar ideas para el debate:

1. Algunas feministas abolicionistas argumentan que, por muchas razones, la prostitución no es un trabajo como otro cualquiera y en él se entremezclan factores como la reproducción del mandato de dominio del hombre sobre el cuerpo de la mujer e incluso otras cuestiones morales que implican que en el sexo no debería mediar intercambio económico.

Sin embargo, y más allá de las consideraciones de lo que sería ideal –también sería mejor no tener que trabajar en condiciones de explotación e incluso no tener que trabajar por un salario en absoluto–, el trabajo sexual ya existe. No solo existe, sino que además es imposible de impedir sin empeorar las condiciones de vida de las mujeres que ejercen la prostitución. De hecho, ninguna medida prohibicionista lo ha hecho desaparecer completamente, solo ha obligado a ocultarlo. Así, la regulación mejoraría las condiciones de vida de las prostitutas al poder ejercer a la luz del día: reducir la violencia que sufren por parte de la policía y, en ocasiones, de los clientes. La opacidad, la prohibición o las penalizaciones –tanto a clientes como a trabajadoras– solo contribuyen a aumentar su vulnerabilidad. Si se reconoce como un trabajo, además, podrán gozar de los derechos laborales que ahora se les niegan, como la posibilidad de conseguir papeles para las inmigrantes. (Evidentemente el debate es mucho más complejo y debería implicar también la discusión sobre las formas de regulación. Los colectivos de trabajadoras del sexo, por ejemplo, están haciendo propuestas prácticas de todo tipo que les darían más derechos, como por ejemplo la regulación en cooperativas frente a leyes a medida de los empresarios.)

Respecto a la maternidad por subrogación, y por mucho que Albert Rivera diga que “ya existe en nuestro país y se encuentra en una situación alegal”, lo cierto es que en España no se puede dar fácilmente, a diferencia de la prostitución. La reproducción asistida es una actividad mediada por dispositivos médicos complejos que además implica una parte legal que, al tratarse de temas de filiación, conlleva muchos controles. Así que no, no se está dando. Si hay algún caso, implica llevar adelante todo el procedimiento en el extranjero, e incumplir un buen puñado de leyes e, incluso, que la mujer gestante pueda reclamar la patria potestad del niño al no estar contemplada la posibilidad legal de renunciar a un hijo en favor de otra persona que no sea su padre.

Así, el alquiler de vientres es una actividad que en nuestro país solo puede darse después de la regulación. Es decir, será la regulación la que genere un nuevo mercado. En ese sentido, tenemos un poco de margen como sociedad para decidir si queremos que la capacidad de las mujeres de gestar se mercantilice, se convierta en un negocio más. Y claro, en uno además que se verán impulsadas a prestar las más necesitadas. Un servicio prestado por pobres para la clase media local.

2. Las trabajadoras sexuales pueden ejercer con un horario –e incluso mediante sus propias normas y límites dependiendo del grado de autonomía que consigan –y cuando terminan, no tienen que estar definidas por su trabajo. Un embarazo con implantación de embrión conlleva un tratamiento médico, te cambia el cuerpo, no tiene horario e implica cambios hormonales, físicos y psicológicos; no termina más que después de nueve meses, al final de los cuales tienes que enajenarte además de un niño al que toda tu socialización dice que deberías amar. Por no hablar de la regulación que propone Ciudadanos en la que de facto se impediría a la gestante volverse atrás, lo que estaría fuertemente penalizado económicamente. De aprobarse, una vez en el proceso, la mujer ya no sería dueña de su capacidad de dar a luz y otros serían “propietarios” de una parte de lo que hasta el momento de parir no deja de ser una parte de su propio cuerpo.

3. Otra de las diferencias es que en el debate sobre regularización hubo (y hay) trabajadoras sexuales que protagonizan una reivindicación de derechos en primera persona. En el caso de los vientres de alquiler, ahora mismo las voces que se escuchan son más bien las de la ‘demanda’ que esgrime como principal argumento el “derecho a ser padre”, aunque la paternidad sea probablemente un deseo más que un derecho. Y todo lo que deseamos no debería poderse comprar cuando implica una pérdida de derechos para otras personas.

4. En el caso del trabajo sexual siempre media intercambio económico, precisamente porque es un trabajo. Y a nadie sensato se le ocurriría pedir a una trabajadora sexual sexo altruista. ¿Es cierto que en la prostitución se ‘mercantiliza’ una relación humana como el sexo? Lo es, eso es lo que hace el capitalismo con toda la fuerza de trabajo que tiene que ver con los cuidados o lo relacional –cada vez en más ámbitos de la vida, por cierto–. Pero no se mercantiliza un proceso biológico vivido en el propio cuerpo como el embarazo ni implica desprenderte de un niño y creo que es una diferencia importante.

De hecho, para evitar las connotaciones negativas que conlleva esta idea, Ciudadanos ha incidido en el carácter “altruista” de su propuesta. El intercambio económico estaría limitado al “lucro cesante” o lo que supuestamente deja de ingresar la mujer por quedarse embarazada. Es evidente que esta es una manera de enmascarar la remuneración. De hecho, el “lucro cesante” no refleja muy bien las dificultades con que se encuentran las mujeres en el trabajo por el hecho de quedarse embarazadas: despidos, salarios más bajos, más temporalidad y precariedad en los contratos; y que constituye uno de los verdaderos obstáculos para la igualdad –motivado también porque seamos las que asumimos la mayor parte de las tareas de cuidado–.

Sin embargo, que la mercantilización sea un problema no quita que puedan existir gestaciones altruistas. Las feministas que han argumentado a favor, como Beatriz Gimeno, han sugerido una legislación parecida a la que regula las donaciones de órganos entre personas vivas. En ella, no hay ninguna compensación de gastos y tiene que mediar relación familiar entre donante y receptor. (La ley contempla la posibilidad de donar a un desconocido, pero en este caso la donación tiene que ser anónima). Todo ello debería hacerse salvaguardando los derechos de la gestante, tanto a abortar, como a arrepentirse tras el parto. Quizás es una vía complicada pero quizás las soluciones podrían pasar por ahí.

De momento la ley de Ciudadanos no se ha aprobado, el debate parlamentario se reanudará en otoño. Es de prever que la ley no pasará debido a la oposición que ha levantado. Pero no hay prisa, la apertura de un nuevo mercado como este exige mucha más reflexión colectiva. Un debate importante que marcará un precedente, ya que en el futuro las decisiones democráticas van a girar cada vez más sobre las posibilidades inauguradas por la tecnociencia, su relación con el mercado y las nuevas formas de desigualdad a las que darán lugar. Todo ello podrá transformar nuestra sociedad de forma que ni nos imaginamos.

 

Nuria Alabao (@nu_alabao)

Publicado en CTXT el 2 de agosto de 2017